Llama la atención que el frente de esa lucha dirigida a proteger a los niños y niñas a rechazar ese comercio ilegal, doloroso y cruel, ha surgido del liderazgo de mujeres que ejercen como prostitutas en esa zona turística y lo hacen mediante consignas, consejos y recomendaciones a taxistas y mesoneros para que no den información a los visitantes acerca de las direcciones donde funcionan tales "negocios".
Una de ellas, Damaris, expresó su condición de prostituta desde los 10 años de edad y las experiencias sufridas. Dijo: "Sé que no se puede borrar el pasado, pero sí puedo evitar que otros niños pasen lo que viví".
Muchas veces pensamos que ciertos seres humanos no tienen redención y que su destino está marcado fatalmente. Sin embargo, lanzamos consignas de esperanza para un futuro incluyente, alejado de odios y prejuicios inexplicables.
¡Cuánto desprecio se asume contra estas mujeres empujadas por una sociedad secularmente injusta! Utilizadas por todas las clases sociales, sin posibilidad de reconquistar espacios vitales ni atrapar sueños.
Algún día, creemos, la gente se humanizará para contribuir sin hipocresías ni falsas posturas a que este sector tan marginado tenga la oportunidad de reivindicar su vida, acceder a empleos en la empresa pública o privada, levantar a su descendencia con la dignidad que se les ha negado.
Mientras tanto, Damaris, la mujer que en Cartagena junto con otras mujeres conduce la campaña contra la prostitución infantil, seguirá diciendo como ahora: "La muralla soy yo", para frenar este vil negocio.
A ellas debemos reconocer el coraje de haber denunciado su propia situación para convertirse en muralla humana contra la prostitución infantil. Tal vez en la intimidad de esa hermosa lucha estén esperando el mérito de su redención.
Abogada y profesora de la UCV