El tema del desarme es un clamor nacional como quiera que la violencia homicida se ha enseñoreado de nuestra sociedad, y a todas luces resulta necesario quitarle terreno al ambiente armamentista y a veces hamponil que campea por las calles.
Este auge armamentista no trae nada bueno. Tales armas de fuego regadas por doquier terminan siempre transformándose en sufrimiento, dolor, en tragedia; en familias heridas hasta lo más hondo de sus almas, con hogares desgarrados.
Hay quienes dicen que no basta con quitar las armas, porque sin ellas seguiría habiendo violencia; eso puede ser verdad, pero lo más importante es que sin las armas se acabarían los asesinatos en serie.
Una sociedad debe ser un espacio para la convivencia, no para la barbarie. Por eso, el desarme es un asunto impostergable en la agenda pública venezolana.
Son múltiples los factores y las variables que hemos de tomar en cuenta en el espinoso punto del desarme. Seguro hay intereses creados, entre otros, de los poderosos capitales que se dedican a la comercialización de esos instrumentos mortíferos.
Vale entonces mencionar que un traficante de armas es tan perverso como un traficante de drogas, porque igual trafica con la tragedia y el dolor humanos.
Tanto la propuesta que surgió inicialmente del Legislativo, como una que ha producido el Ejecutivo, deben ser ensambladas en un gran proyecto que cubra todos los aspectos, que incorpore a todos los sectores.
He recibido numerosos planteamientos para que rechace, y otros tantos para que acepte, integrar la nueva comisión nombrada sobre la presente materia y que encabezará el presidente del Legislativo nacional, Diosdado Cabello.
En pocas horas le anunciaré al país mi posición. La decisión la tomaré en función de lo que considere mejor para Venezuela, del mayor aporte que uno pueda dar a su nación, en este caso, en el más sensible de todos los puntos de la agenda ciudadana, de la agenda de todos los días, como es el de la seguridad, el de la vida.
Doctor en Políticas Públicas