No importa si lo hacemos en forma consciente y planificada o si nos dejamos llevar por la economía del día a día, al final de cuentas, todo lo que hacemos con nuestro presupuesto se reduce a estos tres aspectos.
Cada quien le concederá mayor o menor importancia a cada aspectos. En un mundo ideal, lo más conveniente sería que la mayor parte del presupuesto familiar se destinara a la inversión, que en resumidas cuentas sería destinar el dinero u otros bienes a actividades productivas, que generen una renta o al menos conserven valor a largo plazo. En segundo lugar, el ahorro es el hábito financiero más saludable de todos, porque nos permite prepararnos para tener una mejor posición en el futuro, cuando surja algún imprevisto económico, y en determinadas circunstancias también contribuye a aumentar nuestro patrimonio.
En el plano ideal, el consumo debería ocupar la tercera posición en nuestras prioridades, pero en la mayoría de los casos, el ciudadano común con ingresos limitados y sujeto a presiones económicas de toda índole, termina destinando buena parte de sus ingresos, en ocasiones la mayoría, al consumo es decir a adquirir bienes y servicios más o menos perecederos.
El consumo como conducta humana y como eje de buena parte de la vida económica, ha sido objeto de innumerables ataques, por lo que conviene deslastrarlo de mitos y prejuicios que lo acompañan.
Por lo general tienden a asignarle una connotación negativa. Nadie en su sano juicio puede cuestionar que las personas destinen recursos a adquirir bienes de primera necesidad, alimentos, vestido, calzado, medicinas y los servicios básicos. Estos rubros constituyen la médula espinal de la vida en sociedad y de las economías nacionales.
Se tiende a descalificar el consumo cuando se sale de la esfera de bienes esenciales. Es un error porque destinar parte de nuestros ingresos a adquirir productos no esenciales, siempre dentro de límites racionales, es uno de los motores principales de cualquier economía y es una actividad generadora de empresas, de empleos y de impuestos para el fisco.
En las sociedades de hoy, tiene poco sentido oponerse al consumo; por ejemplo, en actividades de ocio, esparcimiento, comunicaciones, cultura o deporte, aunque alguien quiera llamarlas "no esenciales".
Es igualmente aceptado el hecho de que el consumo debe satisfacer, además de las necesidades, también los deseos naturales de las personas. Siempre que se haga dentro de parámetros razonables, adquirir los productos que nos gustan y que llenan nuestras expectativas y aspiraciones, es una conducta sana y provechosa para la economía.
Existe una conducta que sí es reprochable, como es la de gastar excesivamente, o sin control, o despilfarrar sin sentido. También es reprochable consumir productos que sabemos con certeza que degradan el medio ambiente.
De esto debe cuidarse cada quien, especialmente si esto pone en peligro las finanzas familiares. Pero el consumo razonable, ajustado al presupuesto y acorde con nuestro entorno particular y la sociedad en la hoy vivimos, es algo que debemos aprovechar sin complejo alguno.
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