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Opinión Firmas Luis Britto García | Pare de Sufrir Al descubrimiento de nuestro mar

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LUIS BRITTO GARCÍA | PARE DE SUFRIR | 04/02/2012 10:05:48 p.m.
Al descubrimiento de nuestro mar
Dos paradojas singularizan la cultura venezolana: la de un país en que todo depende de los hidrocarburos casi sin literatura sobre el petróleo; la de un país donde todo ha dependido del océano casi sin literatura ni conciencia sobre el mar.
Pueblos del mar
Todos los pobladores de América llegaron de otros continentes por vía marina. Algunos, saltando de charco en charco por el estrecho de Bering. Por el océano arribaron a conquistar y ocupar lo que hoy es nuestro país, sus más populosas comunidades, arawaks y caribes. Los segundos, mis antepasados maternos, crearon una mancomunidad cultural y lingüística que se extendió desde el río Xingú, que nace del Mato Grosso, hasta la Florida. El venezolano hereda su áspero igualitarismo de esas comunidades sin estratificación social ni jefaturas permanentes, donde sólo se elegía jefes transitorios para una guerra o una expedición. Su cosmovisión honraba cuatro señores de las cuatro regiones del mundo: la serpiente Akodumo, Señor de las Aguas; Ioroskan, Señor de la Muerte; el jaguar Maware, Señor de las Cumbres y de las visiones de los chamanes; Kaputano Tumonka, Señor de los Cielos: Orión, la constelación que en las noches inescrutables nos señala a los marinos de manera constante el Sur.

Un imperio entre los Trópicos
No se encerraron en sí mismos nuestros antepasados marinos: se entregaron apasionadamente a la mezcla: poblaron un dilatado mundo entre el Trópico de Cáncer y el de Capricornio, y en sus comunidades hablaban tres lenguajes: el cotidiano, el de la guerra y el de las mujeres, mestizado lingüística y carnalmente con el arawak. Acogieron africanos escapados, y pronto hubo una nueva lengua y un nuevo pueblo: el garifuna de los caribes negros, que se pintaban de rojo onoto y atravesaban los piélagos en las grandes piraguas monóxilas de sus hermanos. Encontré sus descendientes desde Bluefields, en Nicaragua, hasta Nueva Orleans, en Estados Unidos. Nuestros antepasados marineros protagonizaron durante tres siglos la más prolongada resistencia al coloniaje del Evangelio y de las armas de fuego. Todavía viven en nosotros, en la carne y el espíritu. Apenas dos novelas, Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, y Pirata, de quien escribe, celebran esa epopeya.

La Primera Guerra Mundial
También llegan por el mar de otros continentes nuestros antepasados blancos y los africanos. Casi todos se establecen frente a las olas; en ellas erigen fortificadas ciudades puertos que enlazan con la metrópoli. No es inútil precaución: contra ellos revientan sucesivas oleadas de piratas franceses, ingleses y holandeses que destruyen al Imperio español cortándole sus comunicaciones. Es la Primera Guerra Mundial, que arranca en 1492 por el dominio del planeta. Sólo entre 1528 y 1727 registró centenar y medio de episodios documentados de asalto pirático en nuestras costas, y eso que cuento como un solo episodio quinientas incursiones de fortalezas flotantes holandesas en Cumaná entre 1599 y 1604. Defendiéndose de la saña filibustera, la Corona muda la capital de Venezuela desde la asediada Coro hasta la protegida Caracas, y unifica nuestro país al centralizar en ésta la defensa marítima de las Provincias. Desde 1728 hasta 1795, los reyes deben ceder el monopolio del corso y el comercio a la Compañía Guipuzcoana, cuyos abusos fomentan el sentimiento independentista. Con tantos torvos marinos vinieron a estas costas melancólicos polos y malagueñas. Contados trabajos históricos reconstruyen esta sangrienta saga. Sobre ella escribí Señores del Caribe y Demonios del Mar. El mito dice que gracias al mar fuimos descubiertos; sólo nos liberaremos cuando descubramos nuestro mar. 

http://luisbrittogarcia.blogspot.com

PD: En la próxima Filven, Monte Ávila Editores presentará la Biblioteca Luis Britto García y Editorial Ayacucho la edición definitiva de una de sus novelas.


 
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