De repente me pareció fuera de lo normal algo en la imagen, la pose de Aristóbulo Istúriz, la seriedad, hasta el silencio; me concentré en las voces de la pantalla y entendí que se trataba de una velatoria, escuché el nombre de Carlos Escarrá, pensé: -Qué curioso, alguien con el mismo nombre. Pero no, de inmediato me di cuenta de mi deseo de rechazar la noticia. No, no podía haber fallecido Carlos Escarrá.
Una franca tristeza se me instaló dentro. ¿Qué pasa? Estamos comenzando el año, 25 de enero, insólito. No. Y recordé su voz, el tono jovial y contundente a la vez, sin titubeos, la capacidad de síntesis, la destreza en las respuestas, la seguridad en las afirmaciones.
Escucharlo era confirmar que no estamos equivocados, sus análisis de la realidad social del país otorgaban un orden a cada cosa, una sindéresis, el equilibrio, como decir dos más dos son cuatro y esa es la verdad. Uno podía creerse todo lo que dijera Escarrá. Sin diatribas iba hilando el mundo, sabiendo decir No, en su momento, y Sí, cuando era requerido.
Nuestro Procurador General, pero, como él mismo dijo: el abogado de la Revolución.
Un hombre venido de una larga tradición en el Partido Comunista y, a la vez, de su formación como jurista en la Católica Andrés Bello, un docente, aplomado y sencillo.
Lo lloraron sus alumnos, y todos los comentarios que escuchamos o leímos señalaban al hombre preocupado por sus estudiantes, por ejercer realmente el diálogo de intercambio, la transmisión del conocimiento.
El velorio se llenó de gente, entre asambleístas, amigos, compañeros compatriotas y un gentío que se acercaba con sinceros sentimiento de congoja, aturdidos y melancólicos por tan inesperada desaparición. Mucha gente humilde de los consejos comunales quienes habían seguido siempre su palabra sabia.
Tres días de duelo, capilla ardiente. Su hermano dijo palabras que recordaban su dignidad. La tristeza ha sido demasiado grande, como la extensión del mar a la distancia.
Allí estuvieron, para la despedida también, mucho pueblo, pensionados y jubilados por los que este querido jurista luchó hasta el final, definiendo principios, ajustando medidas de ley para beneficio de las mayorías, siempre.
Un profesional valiente, con un sentido de la ética poco común, en un área en que es imprescindible ese renglón y sobra lo contrario.
Conmovió el rostro de los suyos más cercanos, jóvenes que seguirán al padre en la dimensión de su constancia y entereza, la verdad es que fue una ceremonia muy sentida en colectivo.
Ojalá buena parte de su esfuerzo sirva de inspiración a quienes quieran dar continuidad a la acción regeneradora y creativa de su oficio.
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