Todo indica que Chávez será derrotado en las elecciones presidenciales de 2012 y pasará a la historia como un hombre audaz que se sirvió de la Fuerza Armada para montar durante años una conspiración y tratar de asaltar el poder, y aunque fracasó, se aprovechó de una coyuntura en la que la dirección política de la democracia perdía el rumbo de una obligada reforma, y no resistió la confabulación de la antipolítica, en la que ricos y pobres apoyaron al teniente coronel golpista, para que ganara las elecciones de 1998.
En el mundo en que vivimos hasta es posible que Hugo Chávez, si se salva del cáncer que amenaza su vida, pueda preservar una importante influencia en la política nacional, si quien lo sustituye en la jefatura del Estado no cuenta con la experiencia en el manejo de una sociedad en crisis y el conocimiento de la grave realidad del país que va a recibir, para enfrentar amenazas de nuevas conspiraciones e impulsar una política de desarrollo y bienestar de la mayoría de la población venezolana.
Y aunque los aprovechadores del desbarajuste que constituyó el gobierno de Hugo Chávez se enriquecieron ilícitamente hasta el hartazgo, tenderán a aprovecharse también de las bondades de la democracia, algunos tendrán que responder ante la justicia nacional e internacional por la comisión de delitos que no prescriben. Sin la condición de portaviones, serán muy pocos los que continúen acompañando al comandante Chávez, aunque no será necesario que enarbolen las banderas de patria o muerte, sino las de patria, más democracia y vida.
Afortunadamente la Mesa de la Unidad Democrática representa, hasta hoy, el símbolo de la recuperación de la Venezuela dividida, destruida en su infraestructura física y carcomida en lo moral. Si esa unidad se mantiene por dos o tres períodos constitucionales y entre los venezolanos priva la sensatez de elegir, para un primer y único período al candidato de más experiencia, reservándose los demás para los siguientes, todos podremos vivir en paz y buscar el progreso sin exclusiones.
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