Todo parece indicar que, por lo menos en teoría, los candidatos que van a una segunda vuelta buscan la confianza de los electores mediante un importante cambio en las políticas de sus -hasta hace muy poco tiempo- mentores y seguidores, lo que inclina a observadores internacionales a esperar los resultados de la elección, y en particular a las principales ejecutorias de quien será el nuevo Presidente de Perú, lo que no podrán hacer los peruanos que deben sufragar por quien consideren más sincero en sus promesas.
Sin embargo, comparto con algunos políticos muy avezados y conocedores de la política latinoamericana, a quienes he oído expresar que nada es estático, sobre todo después del fracaso de las políticas de Hugo Chávez y Alberto Fujimori, y confían en que ambos candidatos pueden haber cambiado sus enfoques fundamentales y continuar las políticas de progreso económico, respeto a los derechos humanos de los ex presidentes Toledo y Alan García, profundizar en los aspectos sociales que esos últimos descuidaron.
Pero como los peruanos no tienen otra alternativa, elegirán a uno u otro, y la democracia en nuestra América tiene que apostar a que Humala, de ser ganador, derive hacia una izquierda democrática, tal como él mismo lo ha afirmado, al estilo Lula da Silva en Brasil; y de ser ganadora Keiko, incline sus políticas hacia una derecha democrática, lo cual le daría al continente un rumbo civilizado.
Anotado firmemente en la izquierda democrática, si a mí me tocara votar en Perú, correría el riesgo de hacerlo por Humala, pero no considero una tragedia para ese país si sale victoriosa Keiko y ejecuta una política al estilo Piñera, presidente de su vecino Chile.
Lo catastrófico para la América Hispana sería que, cualquiera sea el ganador, traicione sus promesas y repita un gobierno fariseo que viola los derechos humanos y lo niega, provoca la exclusión social y también lo niega. En síntesis, que utiliza el instrumento democrático del voto para destruir el sistema democrático.
Periodista
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