El novelista norteamericano Julián Mayfield elucubró que Fidel y Abraham Lincoln "inevitablemente hubieran sido grandes amigos y que en el siglo XX Lincoln hubiera sido un extranjero en Washington" mientras que Mario Benedetti, escritor y poeta uruguayo lo definió como "la más importante figura del continente americano y una de las más destacadas de la historia contemporánea". Hace pocos días Oswaldo Guillen, destacado exjugador de beisbol venezolano y Mánager de los Marlins de Florida, también expresó su admiración por Fidel, obteniendo como respuesta las más rancias e intolerantes reacciones del anticastrismo apostado en Miami, pero aún más insólito es que la gerencia del equipo de un país que se identifica con la efigie de una dama que sostiene la antorcha de la Libertad, hayan decidido suspenderlo durante cinco juegos por expresar su pensamiento. La integridad de las ideas históricamente ha sucumbido ante el peligro por la propia vida o aquello que se considere parte de ella: el trabajo o los ingresos. El exjugador horas más tarde no sólo pidió perdón, sino que seguidamente se deshizo en descalificaciones en contra de Fidel y de nuestro Presidente usando su ya raída imagen para llamar a votar en contra de Chávez. No es en este hecho que pretendemos colocar el acento, porque un deportista destacado es una imagen de modelaje positivo para nuestra juventud y es penosa la presión grotesca a la que este compatriota fue sometido por emitir una opinión. Lo realmente lamentable es la circunstancia a la que son reducidos quienes expresan un pensamiento distinto en el "país de la libertad". Tal parece que la libertad de expresión es un bien jurídico que quedó sólo para el disfrute de quienes pueden financiarlo: las grandes corporaciones mediáticas que lapidan moralmente a quienes naden a contracorriente de sus mensajes y exaltan todo aquello que conduzca al consumismo depredador que el propio Fidel ha señalado como uno de los males que la humanidad debe sortear para garantizar su propia sobrevivencia.