Las solidaridades, las alianzas políticas entre los países se ha venido convirtiendo con el transcurrir de los años en un asunto impregnado del mayor pragmatismo posible. Las ideologías, las distintas posiciones éticas, los derechos humanos han sido mediatizados ante los intereses particulares de cada nación y el balance de intercambio se mide mayormente por las ventajas económicas que esas alineaciones puedan producir, especialmente si ellas se obtienen en el corto plazo.
El horizonte en el mandato de los gobiernos de los distintos países usualmente no permite desarrollar políticas que permitan evaluar sus resultados económicos en el mediano plazo. El resultado ha de producirse casi de inmediato y a su vez el mismo ha de producir resultados cuantificables y principalmente de tipo electoral, en el país que las instrumente.
Los Gobiernos se hacen tolerantes ante las violaciones constitucionales, de derechos humanos, de otros Gobiernos en tanto sus propios intereses no sufran desmedro alguno. Las violaciones en materia de derechos humanos son admitidas y sólo la continuada y mayor violación es lo que hace que los Gobiernos pongan sus ojos en las mismas. Los señalamientos internos de sus electores son los que sensibilizan a los Gobiernos a iniciar alguna suerte de pronunciamiento y que sólo en muy contadas excepciones logra la instrumentación coordinada de sanciones para el país violador de tales derechos.
Nuestro país, que invoca en todo momento el socialismo, la soberanía, la solidaridad social, que censura las horribles prácticas del capitalismo salvaje fronteras adentro, cuando va al mercado internacional promueve el acaparamiento, la restricción de la oferta, y castiga económicamente a quien no se pliega a su política. En justicia es también imperativo reconocer sus acciones para mitigar los resultados de la misma mediante programas de asistencia internacional como lo es Petrocaribe.
Las monarquías, los países de acendrada convicción democrática encuentran una mejor manera de armonizar sus intereses de corto plazo con los del largo plazo. Eso contrasta severamente con los países de precaria democracia, de pueblos más consustanciados con el populismo que las convicciones democráticas, con los países cuyos pueblos viven más de la dádiva gubernamental que del esfuerzo propio.
Los Gobiernos de estos países se sienten urgidos por los resultados en el corto plazo, la falta de formación de sus gobernados no admite sino la satisfacción temprana de sus necesidades y, de no sentirlo así, el castigo electoral con la consiguiente pérdida del poder no se hace esperar.
Los Gobiernos encuentran más solidaridad de sus iguales de otros países cuando los alineamientos coinciden, cuando no hay conflictos entre los países con la mayor fortaleza económica. La sensibilidad que desarrollan las mayores economías del mundo ante aquellos países que de alguna u otra manera puedan afectar sus intereses, así como la disposición a la acción casi inmediata, contrasta con renuencia a la consideración o acción cuando son otros los motivos que están en juego.
Las violaciones han de ser de extremada importancia para que las grandes potencias se sientan impelidas a actuar. Sólo destacadas acciones genocidas como las de Serbia, o las acciones extremas de la llamada Primavera Árabe han sido capaces de generar sanciones internacionales.
La solidaridad internacional es de carácter mercantil y sólo en condiciones extremas se convierte en solidaridad humana.
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