1 No es por estar con el proceso bolivariano y con la definición socialista que adoptó el gobierno de Hugo Chávez que escribo esta columna. Tampoco por haber sido su Canciller, ministro de Defensa y Vicepresidente Ejecutivo. De no haberlo sido también estaría con los bolivarianos. No necesitaba aceptar el socialismo como oferta de Chávez al país, ya que yo lo propuse como candidato presidencial socialista en las tres oportunidades en que competí electoralmente con el puntofijismo: 1973/1978/1983. Sin éxito, como es sabido, pero sin perder la perspectiva. Sin que las derrotas me hicieran saltar la talanquera política e ideológica. Tenía la convicción de que las famosas "condiciones objetivas y subjetivas" no estaban dadas y que mi labor se reducía a una siembra. Siempre me alentó la esperanza de que todo cambiaría, porque como dijo recientemente Eduardo Galeano "no estamos condenados a vivir en la dictadura universal más peligrosa, la de los amos de las finanzas". Y esta aseveración la confirma lo que sucede en el mundo con las protestas que se extienden a las naciones más desarrolladas y opulentas. Por el rechazo que cunde contra el capitalismo. El mismo Galeano, con esa capacidad que tiene para asumir y darle vuelta a los hechos históricos, diría en el evento conmemorativo del Bicentenario de la Constitución de Cádiz -la Pepa- que inspiró hace 200 años los movimientos independentistas iberoamericanos, que "la bella energía de la libertad es como un río subterráneo que aparece y desaparece en momentos de la historia, y que ahora ese río resurge con movimientos como el 15-M, lo cual es una buena noticia porque la indignación alimenta la libertad".
2 ¿Por qué estas consideraciones? Primero, porque entramos en un proceso electoral que es más que una elección rutinaria. Hay dos proyectos confrontando, con toda la carga emocional y de tácita violencia que entraña la polarización. Hasta ahora pudimos avanzar en los cambios sociales, económicos, políticos, institucionales y culturales que Chávez -y el chavismo- impulsa gracias al amplísimo apoyo popular y hábil conducción del Presidente. No así la oposición que ha hecho lo posible, incluyendo el golpe del 11-A y el petrolero, más otras aventuras, para entorpecer los cambios. Pero todo se ha hecho, es lo importante, en democracia y libertad, así los enemigos lo nieguen. Ahora llegó al momento decisivo, por no decir estelar. Cuando se juega el poder definitivo, con la derrota o el triunfo de uno de los proyectos en pugna. Cuando la situación se dirime, insólitamente, en el terreno electoral. Con las reglas de juego heredadas del pasado y plenas garantías para los participantes. Chavistas y opositores tienen que estar conscientes de lo que se avecina, y, sobre todo, tiene que estarlo el país.
3 No sé si la oposición tiene claro el desafío, pero Chávez y el chavismo sí lo tienen. Saben lo que se juegan. Por eso que en medio de un proceso de recuperación física, Chávez no descansa y ha trabajado con intensidad en un proyecto para la campaña electoral que desarrolla las líneas maestras de un plan no solo para ganarlas sino para gobernar. Por eso el Gran Polo Patriótico, que pone en la calle una estrategia para los consensos; que define algo que hasta ahora no había hecho el chavismo, en qué consiste el diálogo. O sea, una oferta a la nación más allá de partidos, de aparatos, de siglas, para garantizar la plena participación de los ciudadanos y crear los escenarios para que ésta se realice fluidamente. Chávez le está dando la vuelta al guante de la participación, al frentismo tradicional, al consignismo unitario, para ubicarse con criterios renovados en el marco de esta atípica elección que se realizará en Venezuela el próximo año. Es esa su fortaleza, la de la propuesta socialista que no tiene nada de utópico. Que ofrece logros concretos y muestra imperfecciones y errores susceptibles de ser corregidos. Para ello hay dos referentes nítidos: uno, la obra de gobierno, la estabilidad pese a las tormentas y traiciones; el otro es Chávez: el liderazgo que para la mayoría de los venezolanos es garantía de estabilidad y cambio en democracia y libertad. Por su parte, la oposición está enredada en sus problemas. Consecuencia, no como explican sus dirigentes del juego democrático interno, sino de las diferencias de todo orden que tienen: rivalidades personales, de partidos, el narcisismo que allí impera. En ese sector no hay elementos de cohesión, salvo el odio a Chávez. No cuenta como alternativa porque carece de un proyecto que sea opción confiable ante el antichavismo, como lo reflejan las encuestas. Planteada la situación en términos dilemáticos entre dos modelos, el socialista que promueve Chávez a través del Gran Polo Patriótico, y el capitalismo, representado en la composición político-partidista de la MUD, ésta se halla en franca desventaja porque disfraza su propuesta, elude la definición, y con lo que sucede en el mundo con la crisis del capitalismo, cada día se hace más cuesta arriba asumir su defensa. Al mismo tiempo, el liderazgo de la oposición, sus posibles candidatos carecen de inserción real en el país, de capacidad para dirigir el Estado con las complejidades que éste presenta. Sus carencias personales e intelectuales son evidentes. ¿Significa esto que, fatalmente, se impondrá Chávez? Seguramente sí, pero sólo el curso de la campaña dirá la última palabra. Y si algún peligro existe para ambas fuerzas en pugna, este no es otro que el triunfalismo.
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