De ahí el empeño de los Castro para que aquél sea candidato a como dé lugar, porque es el único que garantizaría la continuidad de la colonización cubana que ya padecemos y, además, legalizaría su existencia.
Lo anterior ha sido posible por la falta de autonomía de los poderes públicos; de hecho, todos fueron conculcados por el Ejecutivo, por eso no es de extrañar que el gobernante se considere dueño de voluntades y haciendas, y actúe, en consecuencia, con la complicidad de un poder judicial subordinado. Así, el apoyo (¿entrega?) a Cuba se convierte en algo personal: generosidad de caudillo.
En este contexto, no deja de ser hipócrita el asombro de tirios y troyanos ante la conducta inmoral de los jueces, cuyo pecado original ha sido la aceptación y promoción de la no independencia de poderes. Parafraseando a Pasquali diremos que es similar al asombro de Circe (diosa griega) al ver que los hombres de Ulises, a quienes ella convirtió en cerdos, se comportaban como marranos.
La gravedad de lo expuesto se hace mayor cuando se constata que las violaciones a la Constitución (entrega de soberanía política y conculcación de poderes) no son denunciadas y confrontadas por la oposición en el marco del actual proceso electoral. Se alega que estos temas no interesan al común de los votantes; argumento deleznable que ofende el gentilicio. Se desprecia la inteligencia del votante y se le induce a aceptar el servilismo populista; la oposición queda relegada a simple comparsa electorera.
La elección del 7-O no debe ser vista y desarrollada como un sereno desfile electoral, sino como el enfrentamiento entre una democracia a la venezolana y un autoritarismo a lo cubano; y en eso le cabe a la oposición la responsabilidad de denunciar y desnudar lo segundo. Si estás de acuerdo con una Venezuela colonizada por Cuba, entonces no dudes, Chávez te la garantiza, vota por él; si por el contrario rechazas y confrontas la colonización cubana, te queda una sola opción y oportunidad: el 7-O votar contra Chávez.