El mundo era distinto, aun cuando nos cuesta recordarlo. El gran vecino del Norte parecía menos violento: hablaba de un nuevo tiempo de paz, después de su victoria histórica sobre el siglo soviético. Pero América Latina arrastraba los pies, en una sumisión económica y política que parecía eterna. El liderazgo del gran papa conservador, Juan Pablo II, estaba en su apogeo, sin ponderar, aparentemente, la novedad en ciernes.
Se levantó democráticamente el huracán Chávez. No fue nada bien recibido, ni por las viejas estructuras, las clases pudientes, ni por… la Iglesia católica. Ya desde el inicio -hablamos de 1998-, la jerarquía católica se puso abiertamente en contra de la novedad. Cuestión de sensibilidad; cuestión de miedo a lo social y políticamente nuevo. Salieron declaraciones, sermones, cartas "pastorales" y procesiones contra el "diablo Chávez": el arsenal eclesiástico fue amplio para combatir al nuevo mandatario. Esta parcialidad estalló, además, en el papel protagónico de varios obispos en los dos golpes abortados de los años 2002 y 2003. Después, los fracasos repetidos invitaron a la Iglesia a mayor cautela, pero no a cambiar su percepción discreta de la realidad, ni su opción unilateral.
No se equivoque el lector. De ninguna manera se trata de pedirle al episcopado un silencio beato, simplón o cobarde. De quitarle el derecho a una palabra profética. ¡Todo lo contrario! Además, ¡sobran los motivos de crítica! Pero al intervenir sin matices en la problemática nacional (e internacional), la Iglesia jerárquica ha dejado escapar la posibilidad de servicio útil en la contienda política, por medio de una palabra equilibrada. No pudo proponer serenamente una opinión constructiva, cosa que habría sido ejemplar en medio de las pasiones y emociones desbordadas. Todos, especialmente los más alejados del templo, se lo habríamos agradecido. Porque tomando en cuenta el contexto globalizado e internacional, necesitamos una crítica lúcida y desvinculada de la inmediatez del quehacer político.
Ojalá la nueva directiva de la Conferencia Episcopal dé pasos en ese sentido.
Sacerdote de Petare