¿Por qué una especie inteligente va a dejarse caer en ese abismo, y con ella a tantos otros seres vivos? Ya estamos viviendo los inicios de la destrucción, ¿seremos capaces de revertir el proceso? El reto es transformar nuestras maneras de producir, consumir, organizarnos, de vivir, en suma, hacia una sociedad global más justa, austera en lo material y rica en creatividad y cultura, igualitaria, sustentable, diversa, democrática.
En su libro La educación más allá del capital, István Mészáros afirma que el cambio no puede ocurrir por inercia o gracias a la acción de supuestas vanguardias, sino por "la intervención de una enorme multiplicidad de seres humanos en un proceso histórico real". Estas personas, organizadas de uno u otro modo, han de ser a la vez educandas, educadoras y autoeducadoras durante toda su vida, cobrando creciente conciencia de las dimensiones de sus desafíos conforme avanzan en sus iniciativas, y reorientando sus metas y acciones a lo largo del proceso. Dice Mészáros: "El papel de la educación es soberano, tanto para la elaboración de estrategias apropiadas y adecuadas para cambiar las condiciones objetivas de reproducción (social), como para la autotransformación consciente de los individuos". Y añade: "Por primera vez en la historia de la humanidad se espera que los individuos se tornen verdaderamente conscientes de su participación en el desarrollo humano".
El cambio no es prohibición y coerción, sino una propuesta positiva y de final abierto, que en su construcción necesita y va expandiendo la conciencia de todas y todos. El proceso puede ser paulatino, pero implica una intención realmente transformadora: hacia el trabajo de los productores libres asociados, una economía no destructiva, una toma de decisiones participativa, y el logro progresivo de la igualdad entre individuos y naciones.
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