El argumento es que "presidente" proviene del participio activo latino del verbo "presidir", y que como tal participio no tiene femenino, tampoco puede tenerlo su derivado castellano. He aquí el error.
Es cierto que "presidente" deriva del participio latino del verbo "presidir", es decir, de praesidens, -entis. Ahora bien, que una palabra derive de otra, principalmente si la derivación es de un idioma a otro, como en este caso, no significa que el derivado tiene que seguir literalmente al primitivo del cual deriva. La palabra derivada adquiere un alto grado de independencia. De modo que el hecho de que el participio latino de un verbo no tenga femenino no quiere decir que el derivado tampoco podrá tenerlo.
Por otra parte, si bien es cierto que en castellano la mayoría de los adjetivos terminados en "-ente" son de género común, y por tanto invariables en género, como "asistente", "residente", "confidente", "presente", "paciente", "consecuente", "resistente", etc., que sin variación pueden usarse para masculino o para femenino, también es cierto que algunos sí varían del masculino al femenino: "sirviente, sirvienta", "paciente, pacienta", "dependiente, dependienta"; "asistente, asistenta"; "intendente, intendenta", "pariente, parienta", "cliente, clienta", "regente, regenta", "pretendiente, pretendienta"…
La mayoría de estos casos, si no todos, han sido impuestos por el uso, tal como lo señala el Diccionario panhispánico de dudas en el caso de "presidenta". El uso es una fuente legítima en materia de lenguaje. Formas expresivas que en un momento dado pueden parecer impropias, muchas veces terminan por imponerse y de ese modo se validan y legitiman. Y no se crea que este criterio es novedoso, producto de las modernas corrientes de la lingüística, pues ya era válido en antiguos tiempos. Cervantes, de quien se supone que sabía de estas cosas, tenía ese mismo criterio.
"Presidenta", por lo demás, figura en el Drae, aparte de "presidente". Esto debería bastar para reconocer su validez.
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