Crónica negra | Como siempre gritaban nadie les paró cuando demandaron auxilio

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Cuando aquella tarde se escucharon aquellos gritos ensordecedores en el apartamento 8-05 la gente salió a averiguar qué pasaba porque sabía que esos gritos no eran como los que solían escucharse en el interior del inmueble.

Aquellos eran unos gritos que salían del alma, eran gritos de dolor, pero no de dolor físico, sino de ese dolor que nos aprisiona el corazón y las entrañas.

Una nieta de Fidia Iris que la había ido a visitar, se extrañó porque nadie le abrió y algunos le aseguraron que debía estar dentro porque salir no la habían visto y, cansada de gritarle por si acaso dormida se hubiese quedado, y decidió pedir ayuda para forzar la puerta de entrada.

Cuando venía en el bus, camino al Conjunto Residencial Las Delicias, se imaginó ver de nuevo a su abuela, con su carita tristona, pero alegre al mismo tiempo, con su andar pausado, como si meciéndose estuviera y sus ojitos chillones con los cuales se fijaba hasta en los más mínimos detalles, incluyendo los problemas que cada uno de sus nietos o sus hijos podrían tener.
Pero no, se encontró con su piel arrugada, pero ya seca y fría, con la mirada perdida quizás buscando explicaciones y ya no olía a viejita consentida, sino que comenzaba a descomponerse en medio de un charco de sangre.

Cerca de ella, también en la sala, estaban los cuerpos ensangrentados de sus primos Davianna y Saidcarlos, secos y fríos y con una palidez que aterraba.

Los vecinos acudieron en su auxilio y no podían creer lo que veían sus ojos. Quién podría haber sido capaz de hacer algo semejante, contra tres seres indefensos.

Llamó la atención de los investigadores el hecho de que puertas y ventanas forzados no estaban, es decir, que los asesinos o bien sorprendieron a los infortunados cuando entraban o salían del apartamento o bien eran conocidos de la familia.
Varios vecinos del bloque Norte 1 del conjunto residencial Las Delicias, ubicado al lado del elevado del mismo nombre y detrás del cementerio El Cuadrado, en el centro de Maracaibo, fueron citados a declarar para ver si aportaban algún detalle importante que diera luces a la investigación.

Los infortunados. Domitila conoció muy de cerca a Fidia Iris Espina Díaz, de 70 años cumplidos, porque vecinas fueron durante bastante tiempo, tantos que ambas habían perdido la cuenta.

La describió como una mujer muy caritativa, cariñosa, de muy buen corazón, que era capaz incluso de ayudar a carretear agua de un apartamento a otro. Siempre estaba presta a ayudar a quién la necesitase y a la hora de algún vecino enfermo era ella una de las que más se preocupaba y hasta les hacía sopitas.

Fidia Iris se encargó de la crianza de sus nietos, pues la madre de éstos no podía atenderlos, debido a que tenía que trabajar. El problema es que Davianna Lourdes Acosta Piñeiro, de veintiséis años de edad y Saidcarlos David Piñeiro, de diecisiete, enfermos habían salido desde chiquiticos.

Pero eso era problema para cualquier persona, pero no para Fidia Iris, que era una guerrera de mil batallas.
Con mucha constancia, paciencia y cariño logró sobrellevar el carácter especial de sus nietos y soportar sus ataques de ira, producto de su equizofrenia.

Por eso es que algunos vecinos afirmaron a la policía que el día del crimen escucharon la gritería dentro del apartamento, pero nunca pensaron que los estaban matando, sino que eran normales los escándalos dentro del apartamento.

Pesquisas y culpables. Los tres infortunados recibieron numerosas puñaladas en distintas partes del cuerpo, muchas quizás, lo que pudiera dar la sensación de que fue una venganza, pero en realidad no existía persona en el mundo que pudieran tener interés en vengarse de ninguno de los tres infortunados.

En el curso de las averiguaciones detectaron que los criminales se habían robado una laptop y un celular de la vivienda.

Y surgieron las características físicas de dos personas que llevaban poco tiempo viviendo con ellos en el apartamento y que habían desaparecido desde el día del crimen.

Fue Domitila quien contó que el joven apareció de repetente en la urbanización, y se hizo amigo de Saidcarlos y duraban conversando hasta tarde en la calle viendo cosas en la laptop.

Al poco tiempo, nadie sabe ni cómo ni porqué Saidcarlos convenció a su abuela para que el jovencito se fuese a vivir con ellos y a los pocos días éste se trajo a su mujer.

Ni Lourdes, la madre de los muchachos asesinados, sabía que esa pareja de extraños vivía en el apartamento de Fidia. Se enteró el mismo domingo cuando hallaron los cadáveres.

“A ese apartamento no venía nadie extraño. Desde que entró ese hombre todo cambió. Yo creo que se dio cuenta de la condición especial de los nietos de Fidia y los dopaba”, dijo una vecina.

Otra se preguntó la razón por la cual los criminales solo se habían llevado la laptop y un celular, sobre todo porque había otras cosas de valor en el apartamento.

Al misterioso inquilino lo describen como muy joven. No debe llegar a los 20 años, sostienen. “Él y su mujer tiene tatuajes y varias cortadas en sus brazos”.

Otro vecino dijo que ambos eran vendedores informales de chucherías.

Los vecinos decidieron organizar una misa no sólo para rezar por el alma de los infortunados, sino también para pedirle a Dios que cosas como éstas no vuelvan a ocurrir y menos con personas inocentes e indefensas.

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