Inicio » Slider-Inferior » El espejo | Frustración

El espejo | Frustración

El presidente Juan Manuel Santos tomó el camino de arruinar la relación con Venezuela
    Compartir

1 Se esperaba lo peor para el miércoles 19 de abril. La tensión acumulada desbordaba cualquier límite. Los pronósticos, todos, eran sombríos. Había llegado el momento de las definiciones. En las calles se jugaba la vida o la muerte. En ese clima estimulado por las redes, por los medios nacionales e internacionales, por las terribles presiones que ejercen factores de poder, los venezolanos aguardamos que amaneciera para que se produjera el choque de trenes. Pero no fue así. El resultado fue diferente. La polarización se expresó de manera cívica. Dos marchas recorrieron las calles de Caracas y del interior del país. Salvo uno que otro incidente, producto de insensatas provocaciones individuales y de los intentos de los radicales por romper las barreras de la fuerza pública, el desplazamiento de miles de personas constituyó un ejemplo de ejercicio ciudadano. Una contundente demostración de la vocación democrática del venezolano.

2 La pregunta ante semejante demostración de madurez cívica -y de la torva expectativa de los que ligaban el desastre ese día-, es elemental: ¿cuál hubiera sido el saldo de muertos en naciones como México, Colombia y otras tantas, en un evento similar? Seguramente el choque cruento. En cambio, en la Venezuela a diario calumniada, catalogada como el país más violento de la región, miles de personas ubicadas en posiciones políticas distintas y definidas con pasión, actuaron –con excepciones– con sentido de responsabilidad. Recordaba yo, al final de la tarde, cuando la tensión había bajado, lo que me comentó el ex presidente colombiano César Gaviria -con quien compartía en el 2002 la mesa de diálogo que se instaló luego del golpe del 11-A- sobre las diferentes características de dos pueblos hermanos: mientras el colombiano no vacila para matarse, el venezolano se frena y recurre a opciones incruentas.

3 El pasado 19 de abril, cuando afuera y dentro del país había sectores que ligaban que los venezolanos nos matáramos, fue un día de democracia. De ratificación de la posibilidad de convivir. La verdad es que lo sucedido no me sorprendió, porque estoy convencido de que la mayoría del país, independientemente de su ubicación política, valora la vida y está dispuesta a coexistir con el adversario. Allá aquellos que se sorprenden ante esta realidad. Que reaccionaron con rabia y decepción porque la sangre no corrió ese día. Que, en cambio, hubo un alto en la espiral de violencia que tiene el significado de un quiebre histórico. Pero esta lectura de lo que sucedió no es compartida. Ya que los que jugaban la carta del caos, la ruptura enmascarada del orden democrático que condujera al derrocamiento del presidente Maduro, se sintieron defraudados. Es lo que explica el llamado para el día siguiente a una nueva marcha. Estrategia que fracasó porque la convocatoria no tuvo el resultado que aspiraban y la asistencia de los ciudadanos distó mucho de la que participó el día anterior. A partir de ese momento se evidenció la frustración de sectores de oposición porque el objetivo central no se logró. La reacción posterior quedó en manos de grupos radicalizados de la partidocracia oposicionista y del hampa refugiados en el foquismo terrorista.

4 El día después -es decir, jueves 20- se vislumbraba, en el marco de una esperanza de paz que se abrió el 19-A con el comportamiento cívico del pueblo en la calle. Pero la dirección de la oposición equivocó, otra vez, el rumbo, y reincidió en el formato violento. La razón de esta actitud está en que no es una dirección seria, coherente, del movimiento. No conseguir la ruptura del orden constitucional el 19-A, como estaba previsto, disparó la frustración en el campo opositor y dejó a cargo de los radicales la conducción. Como en episodios anteriores, los líderes actuaron presionados por los dictados del exterior y por la exaltación de una masa cautiva del odio inducido con la prédica sistemática de la violencia. Así como Carlos Ortega declaró, en medio de la crisis del 2002, luego del golpe de 11-A y de la convocatoria a huelga general, que la situación se les había escapado de las manos, la historia se repitió en esta ocasión. La dirección de los acontecimientos la asumieron quienes mantienen las posiciones más duras, agresivas y contrarias al diálogo. Con lo cual el clima, y las ilusiones forjadas al final de la tarde del 19-A, se disiparon abruptamente y, el día después -el 20-A-, afloró otra vez el rostro de la violencia, del foquismo, para sembrar el terror en barriadas populares con asesinatos, incendios de instalaciones públicas y saqueos. ¿El día después una frustración? Por ahora sí. Aun cuando la vocación dialogante del venezolano está intacta, por encima de decepciones. A la espera de nuevas oportunidades.

LABERINTO

El presidente Juan Manuel Santos tomó el camino de arruinar la relación con Venezuela. Sus declaraciones, en un tono inamistoso, tienen trasfondo. Ya que se trata de alguien que no da puntada sin dedal. Acusar a Venezuela de militarizarse, aparte de ser una falsedad, tiene una venenosa intención. Venezuela equipa la Fanb por razones obvias: primero, porque la misma poseía, hasta hace poco, un equipamiento obsoleto y, segundo, porque desde el punto de vista de la seguridad nacional es un imperativo que la institución que tiene a cargo la defensa del país cuente con recursos apropiados para hacerlo…

¿O es que acaso Colombia no está superarmada -dispone de los equipos militares más sofisticados- porque cuenta con la ayuda económica norteamericana para hacerlo? ¿Acaso en su territorio no tiene 7 bases militares que operan bajo control de EEUU? Y como se preguntan muchos en el vecino país, ¿por qué si se firmó la paz con la guerrilla, el gobierno de Santos sigue invirtiendo en costosos equipos para los componentes Ejército, Aviación, Armada y la Policía Nacional?…

Por otra parte, y con ánimo camorrero, Santos declara que años atrás le dijo a Chávez que “la revolución bolivariana había fracasado”. No creo que se lo haya hecho, y si lo hizo presumo lo que le respondió el comandante, que no tenía pepitas en la lengua…

Santos es capaz de cualquier cosa. Carece de escrúpulos, si no que lo diga su tutor político, Uribe, que se siente traicionado por el personaje. De Santos se puede decir lo que en lenguaje coloquial afirma mucha gente que ha estado cerca de él, que “si no la hace entrando la hace saliendo”…

La percepción que hay es que resulta difícil que el país se encause por un sendero de paz mientras el conglomerado opositor carezca de una dirección responsable. Cualquier esfuerzo por erradicar la violencia y recurrir a fórmulas de entendimiento resulta inútil. Hoy la dirección opositora fue desplazada hacia el radicalismo. Repudia el diálogo y se niega a aceptar acuerdos que faciliten la racionalización de la política. La cúpula dirigente perdió el control de la actividad de calle, que pasó a manos de grupos radicales que plantean sacar a Maduro de Miraflores como sea. Su estrategia es acosar al Gobierno con la violencia. Con guarimbas, terrorismo, foquismo, y una política militar que afecte el sólido apoyo de la Fanb a las instituciones. Es lo que se deduce de sus últimas actuaciones…

Igual pasó en el 2014. Ahora el propósito de una oposición, dominada por la obsesión de acabar con el gobierno bolivariano, es guarimbear -en sus diversas formas- hasta que éste caiga. O consumirse en la hoguera de la violencia, como ocurrió aquel año.