Inicio » Slider-Inferior » Crónica Negra | Federico nunca había visto un muerto

Crónica Negra | Federico nunca había visto un muerto

    Compartir

Willmer Poleo Zerpa.-Federico nunca había visto a un muerto. Él había ido para los velorios de todos sus parientes y amigos que habían fallecido, pero jamás  se había atrevido a verlos dentro de la urna. Prefiero recordarlos como eran en vida, solía decir.

Pero había una verdad subyacente y era el profundo miedo que le tenía a la muerte, aún cuando Edelmiro, su tío, siempre le decía que había que temerle era a los vivos.

Por eso fue que aquel día, cuando vio morir a uno de los hombres que lo secuestraron, no quería ni moverse y pensaba que en cualquier momento se iba a desmayar.

Con el rabillo del ojo miró los últimos movimientos de aquel sujeto que botaba sangre por la cabeza y estiraba las piernas con fuerza, como negándose a morir y de repente le entraban como unas tembladeras en todo el cuerpo. Federico se armó de valor y estiró el pie y le dio una patada a la pistola del hombre para alejarla de su mano, no fuera a ser cosa que le diera por matarlo antes de morir. Pero el hombre ya no estaba para eso. Hubo un momento en que se quedó quieto, concentrado en algún punto del techo. Federico supo que ya había muerto.

La incertidumbre y el miedo se apoderaron de él, pues no tenía ni idea de qué era lo que estaba pasando en el exterior de aquella vivienda a donde lo habían llevado. Sólo sabía que de repente comenzaron a sonar disparos en la calle y que él secuestrador que lo cuidaba sacó su pistola y comenzó a  disparar hacia afuera, pero en eso le dieron un balazo en la cabeza y cayó muy cerca de donde él se encontraba.

Así pasaron algunos segundos, que para Federico parecieron horas, hasta que finalmente la puerta de la habitación donde se encontraba fue abierta de un sólo golpe y entraron varios hombres armados que resultaron ser de la policía.

El traslado. Cuando los secuestradores lo llevaban hacia la vivienda, Federico no veía nada y casi no podía ni moverse. Por un momento pensó en encender un fósforo, pero todo olía a gasolina y eso lo asustó. Intentó mantener la calma y comenzó a  recordar sus tiempos en la universidad cuando practicaba yoga con Flor, su novia de entonces.

Los recuerdos e imágenes peleaban entre sí dentro de su cabeza, pues todos querían obtener protagonismo. Comenzó a sudar de manera copiosa y hasta lloraba a ratos.

Recordó cuando estaba pequeño y su papá le decía que los hombres no lloraban, pero también se acordó de su madre que le repicaba que los hombres también eran humanos y si tenían que llorar, pues lloraban y punto. Todo el cuerpo comenzó a picarle y sentía la respiración entrecortada. Era la claustrofobia lo que lo estaba matando.

El secuestro. Cuando a Federico lo agarraron pensó que jamás volvería a ver a su familia. El se encontraba en un restaurante en el municipio Baruta con unos amigos y cuando ya se marchaban aparecieron dos hombres, pistola en mano, regando groserías, insultos y golpes y empujones por doquier.

Lo agarraron justo cuando intentaba abrir su vehículo, el cual había dejado aparcado cerca de la entrada del local. De hecho, el señor que hace las veces de parquero y portero, estaba allí, al lado de él, con un paraguas grande, protegiéndolo de aquella lluvia pertinaz que llevaba rato cayendo en la zona.

“Dame las llaves mano, dame las llaves y cuidadito con una vaina. Y tu échate para allá . Si abres la boca te meto una bala en la cabeza”, dijo uno de los delincuentes, un joven moreno y flaco que no debía llegar a los 23 años, pero que era mayor que el otro que si acaso tendría unos 18. Ambos estaban sumamente nerviosos y agresivos. Otros dos delincuentes esperaba a bordo de un Toyota Camry de color dorado.

Pero muy pronto Federico supo que la idea de los antisociales no era despojarlo de su vehículo Orinoco, sino de llevárselo secuestrado.

Lo montaron en el asiento de atrás , pero al poco rato se detuvieron y obligaron al joven empresario a descender y le dijeron que se metiera en el maletero de otro vehículo que estaba aparcado en la vía. “Pero chico ¿Cómo me vas a meter ahí, me voy a morir ahogado”, alcanzó a  decir a pesar del nerviosismo, pero fue golpeado en el pecho y el abdomen y lo introdujeron a empujones.

Unos quince minutos después llegaron a una casa de dos pisos sin frisar, ubicada en un barrio y lo introdujeron en uno de los cuartos de la planta superior, el cual sólo tenía una ventana y cuyo único mobiliario era un colchón mugriento tirado en el piso y una mesita en la cual había una jarra plástica con agua y un vaso. Había allí dos mujeres y un hombre que eran las encargadas de cuidarlo durante el día. El hombre buscó unas esposas y lo esposó.

Negociaciones. Federico permaneció allí una semana recibiendo amenazas a cada rato. Al tercer día llegaron dos de los secuestradores y uno de ellos llevaba una piqueta, de las utilizadas para cortar los cables de electricidad. Le dijeron que colocara las manos sobre la mesita.

“¿Qué pasó hermano? ¿Qué me van a hacer? ¿Qué van a hacer ustedes con esa piqueta?”, preguntó Federico todo asustado, pero recibió como respuesta un fuerte golpe en el rostro y entre los dos hombres lo dominaron y le cortaron el dedo meñique, sin inmutarse ni atender las súplicas de la víctima. Le medio vendaron la mano con un trozo de tela y se marcharon enfurecidos

Federico pensó que lo iban a matar en cualquier momento, porque aquellos hombres cada vez estaban más huraños.

“Quédate tranquilo que si tu familia paga, ellos no te van a hacer nada”, le dijo una de las mujeres que lo cuidaba.

Luego se enteró que ella fue una de las muertas cuando se armó el tiroteo con la policía.

Dos de los secuestradores también perecieron. Uno en la puerta de la casa y otro a su lado cuando disparaba desde la ventana.

Federico fue rescatado sano y salvo y de inmediato lo trasladaron hasta una clínica en la región.

Cuando llegó a la subdelegación fue que se enteró que la vivienda donde lo mantenían cautivo estaba ubicada en la parte alta de la parroquia El Valle, en Caracas, y que esa banda de secuestradores estaba sindicada de la mayoría de los plagios que han ocurrido en los últimos días en el sureste de la capital.

Agregar Comentario

Click here to post a comment