Alí insurgente

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Hace tiempo escribí un artículo llamado “De cuando Alí Primera daba serenatas en Stalingrado”. No me refería al heroico pueblo de la Urss, sino a una residencia estudiantil de la UCV, que derrocado Pérez Jiménez, colchoneta en mano, tomamos en 1958. El nombre surgió cuando en los 60 se inició la agresión betancurista. Esa residencia fue un bastión de rebeldía. Ahí nos encontramos Alí Primera y yo, también serenateando frente a la residencia femenina.

Después de largos años de clandestinidad y guerrilla, retorné a la legalidad en 1979. Fui recibido con un mitin en la plaza Miranda, que Alí clausuró. Otro día la visita a sol, la toma en mis brazos de Sandino celebrando el triunfo de Nicaragua.
Fuimos guerrilleros: poetas, cantores, pintores, escultores, músicos, arquitectos, humildes trabajadores, gente de los barrios, con las pupilas y los corazones encendidos por la llama de la esperanza, decididos a tomar el cielo por asalto con el telón de fondo de metralletas, besos compartidos por insurrectas e insurrectos, cuando ese beso fue la despedida hacia otra misión o hacia la muerte que no apagó la luz de los ojos encendidos por la fe.

A carajazo limpio llegó Alí Primera, a golpe de cuatro, con una poderosa poesía, lanzó una corriente de canciones cerro abajo, cerro arriba y muchas chispas de amor incendiando praderas y montañas.

Los años 60 fueron de revolución cultural: como la rebelión ante el estilo literario de Rómulo Gallegos o Andrés Eloy Blanco. Excelentes escritores, cuyo estilo la dictadura adeca quiso convertir en hegemónico. El Techo de la Ballena dijo no. Caupolicán Ovalles escribió ¿Duerme usted señor presidente? Salvador Garmendia escribía la nueva novela venezolana. Ramón Palomares inició una revolución del lenguaje convirtiendo palabras de su Trujillo natal, en lenguaje universal. Valera Mora escribió sus poemas estalinistas.

Fue derrotada la lucha armada, pero no la transformación cultural que se generó en medio de fusiles, poemas, amores, canciones, visiones, espejismos.

Debemos seguir el trabajo de Sandino. Detrás está el grito viril y poético de su padre; la dulzura, sutileza del canto de su madre, y el fuego, pleno de creación, que Sandino va lanzando a los cuatro vientos, estimulando la lucha contra un poder mundial financiero, militar y narcotraficante.

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