Tragedia de Vargas: Cuando llovió para siempre

Foto: Archivo
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Las voces agoreras habían predicho el fin del mundo para el año 2000. De manera que solo faltaba un par de semanas para el cumplimiento del anunciado cataclismo. Al despuntar el día de aquel 15 de diciembre, tras la noche diluvial, volvió a dejarse escuchar el sombrío presagio en boca de algunas personas mayores.

El estado Vargas, lengua de tierra entre el mar Caribe y la Cordillera de la Costa, comenzaba a recibir los primeros aludes provenientes de la montaña. En principio, no eran diferentes de los que se habían producido en otras ocasiones.

Como es natural en zonas de piedemonte, los cauces vacían lo llovido en sus cuencas y lo conducen al mar. Tal vez por eso, muchos desoyeron a sus recién estrenados profetas domésticos y prefirieron esperar a que cesara el temporal. Pero la gran mayoría, devota de otros credos, no tenía cómo anticipar lo que estaba por suceder.

Vecina de la urbanización Caribe, mi comadre decidió guarecerse en su casa, pero recibió la llamada de una amiga solicitándole auxilio. En la vía hacia Macuto reparó en la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Los suelos de La Guaira, en particular, los ubicados en las riberas de ríos y quebradas, se disgregaban de modo absurdo, como el torpe efecto especial de una película de bajo presupuesto.

Al llegar a la altura de Camurí Chico ya no pudo seguir avanzando y junto a otras personas vio cómo el agua los fue cercando hasta aislarlos en lo alto de una construcción. Allí pasaría la noche y sería rescatada al día siguiente por un helicóptero.

Mientras pernoctaba en aquella atalaya improvisada, mi comadre le había rezado a una virgencita de la Coromoto que apareció de pronto. Se pidió calma ante la figurilla mariana, pero intuía ya que un apocalipsis había comenzado a operar en su querido terruño.

Más de 150 cursos de agua se desbordaron aquel día sobre el litoral varguense. Los de mayor torrente fueron los ríos Naiguatá, Camurí Grande, Cerro Grande, Uria y San Julián.

Los urbanismos florecidos en las márgenes de estos dos últimos sufrieron los efectos más terribles, al punto de ver perder parte de su población y tornar inhabitables sus espacios hasta el día de hoy. Los nombres de Carmen de Uria y Los Corales son mencionados con solemnidad 20 años después del deslave.

Carmen de Uria: Un “no-lugar”

Mi comadre acepta remover el pasado en el propio sitio de los acontecimientos. Nunca conoció Carmen de Uria, y ahora se adentra en lo que dejaron aquellas infames lluvias. Hace varios años que el gobierno decretó la zona inhabitable y emplazó un puesto militar como disuasivo para quien lo intente.

Cuesta inferir que alguna vez hubo algo allí. Pero esa explanada en el borde de la montaña debió tener suficiente encanto como para que 2.500 personas se dispusieran a habitarla a partir de 1958.

Tres calles y cuatro transversales hubo donde hoy solo existe un socavón tupido de follaje. Los geólogos aseveran que pasarán 500 años para que vuelva a fluir un volumen similar de agua por esos cauces.

De cara al cerro, más arriba, puede apreciarse parte del enorme muro de concreto que en la década del 50 quiso desviar el curso del río Uria. Al igual que la de la roca que descubrimos en mitad de la sala de una casa en ruinas, su presencia culposa es lo más elocuente del paisaje.

Una mujer pudo ser rescatada aquel fatídico día, refiere mi comadre. Arrastrada por la corriente, aporreada y apenas consciente, fue registrada por los rescatistas como una persona de la tercera edad, cuando tenía solo 30.

Aquella remecida había servido, sin embargo, para encajar donde debía su útero invertido y hacerla madre por primera vez. Pero muchos otros, aun cuando lo intentaron, no lograron escapar.

El enclave que hasta entonces había supuesto una parada obligada de turistas en su trayecto hacia el este de la entidad, famoso por ciertos helados de vasito, se vio cerrado sobre sí mismo, al quedar bloqueada su única vía de acceso.

Una naturaleza enardecida se ensañó contra sus lugareños, haciéndoles pagar un largo historial de desatinos urbanísticos.

Hoy, un camino de tierra, formado por pasos menudos, se abre desde la avenida Costanera en dirección de la espesa selva. Escrita sobre la fachada de la única construcción en pie la palabra “Sobrevivientes” intenta rebatir lo obvio.

Más allá encontraremos una casa con la mesa servida, pero de apariencia desierta. Es lógico que los pocos habitantes mantengan esa densidad volátil.

En el repaso de aquellos días surge el recuerdo de los niños que fueron vistos en la zona de rescate del Aeropuerto Simón Bolívar pero que luego no pudieron ser hallados. De Carmen de Uria se dirá que tanto vivos como muertos desaparecieron el día que llovió para siempre.

La otra orilla del paraíso. En Los Corales el tiempo transcurrido ha hecho tanto como el Estado por vencer la memoria. No todo logró ser recuperado como no todo merece ser recordado.

En la parte alta del río San Julián la cerrada vegetación impide una perspectiva desde y hacia el lecho fluvial. Retozan allí los niños de la siguiente generación, inocentes de la tragedia.

Jamás creerían que ese hilo de agua fue capaz de tanto estropicio. No lo creímos nosotros entonces, que de pequeños jugamos también en ese arroyo con nombre de santo, habitado por legiones de ranas enanas.

La zona había comenzado a ser urbanizada a partir de la década del 50, la de más amplia cuenca al norte de la Serranía del Ávila.

El cronista Amador Clark afirma que ni los indígenas ni los primeros pobladores de Caraballeda osaron construir en las cercanías del curso de agua por respeto a eventuales inundaciones. Pero del mismo modo y durante la misma época que se hizo con Carmen de Uria, el afán desarrollista del gobierno de Pérez Jiménez se cebó en el potencial del sector sin reparar en su historial.

Ya entonces, en 1951, se había manifestado un fenómeno meteorológico similar, que no resultó más trágico por no estar mayormente habitado el sitio, continúa el cuento mi comadre. Su papá tuvo parte en las labores de apoyo, consistentes en salvar enseres y no vidas. Se lo recordó la noche de aquel día, al volver ella como rescatada rescatista.

Los tripulantes gringos del helicóptero en el que regresó para salvar a su familia accedieron a llevarla a cambio de orientación geográfica, lo que ella intentó en su “machucado” inglés. La perspectiva aérea la devastó.

Al final de la avenida principal aún puede precisarse el punto donde el río se bifurcó como en un pasaje bíblico, buscando lo que se supone era su cauce natural antes de la intervención humana.

Eso impidió que el único edificio del sector, ubicado en la entrada del valle, fuera arrasado por la avalancha. Entre las calles 22 y 24 se abriría el compás de la tragedia. Por allí desfilaron cientos de miles de metros cúbicos de agua, lodo y rocas, borrando el paisaje en forma de abanico hasta la orilla del mar.

Repasando sus calles, se comprende por qué algunos vecinos, como el conocido actor Jorge Tuero, se obstinaron en permanecer en sus casas ante el peligro de un aluvión, distantes hasta dos cuadras de la margen izquierda del río.

En la tercera cuadra, a unos metros de la casa de Tuero, Los Corales se mantuvo intacta. Se diría una naturaleza arbitraria la que trazó aquella línea divisoria, o un oficiante del “juicio final”, segregando a justos y pecadores.

Las huellas del deslave han ido desapareciendo lentamente. Aquellas rocas colosales que yacieron un tiempo en el lugar fueron dinamitadas, contraviniendo la sugerencia del geógrafo Pedro Cunill, que insistía en mantenerlas a la vista como advertencia histórica.

Solo una puede divisarse, olvidada por los ingenieros explosivistas. Sí, en cambio, algún edificio (el Queniquea), distrae la atención de los desprevenidos. Lo suponen saldo directo del deslave, y a su manera lo es. Debió ser implosionado junto a otra media docena de residencias con daños irreversibles en su estructura. Está pendiente aún la remoción de la torre de escombros.

Nuestras vidas son los ríos…

La narración cansina de algún vecino cuando se le pregunta por los días de la tragedia evidencia la forma en que el tiempo asienta hasta las más terribles fatalidades.

La vida vuelve a su cauce, lo material se recupera. Sus casas reconstruidas son una prueba de ello. Lo único que no tiene arreglo es la muerte. Y cuando su peso se hace intolerable llega el olvido.

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