Pare de sufrir | ¿Navidad sin Jesús?

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Desde la más remota antigüedad, los pueblos del hemisferio Norte celebran la llegada del Solsticio de Invierno fecha en la cual las noches dejan de ser cada vez más largas y empiezan a acortarse. Este evento astronómico es asimilado a la declinación del helado invierno y el luminoso renacimiento del sol. También, a la fugacidad de nuestra vida en un universo aparentemente eterno, en el cual las edades del hombre son como estaciones y nuestras vidas plantas efímeras cuyassemillas renacerán en alguna cálida primavera.

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Para rastrear las infinitas celebraciones del Solsticio de Invierno no bastan los doce tomos de La Rama Dorada, de James Frazer. Los Evangelios, única fuente documental sobre la vida de Jesús, no informan sobre el día de su nacimiento. En su enjundioso Diccionario Filosófico, Voltaire relata que según San Clemente de Alejandría, algunos pensaban que nació el 20 de mayo, y otros que en 19 o el 20 de abril. En vista de que en el Imperio Romano las fiestas saturnales se celebraban desde mediados de diciembre, y el solsticio de invierno el 25, los cristianos decidieron que la conmemoración del natalicio de Jesús coincidiera con dichos eventos. Advierte San Agustín a sus feligreses que deben recordar siempre que ese día festejan el nacimiento de Dios, y no el renacimiento del Sol.
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La Navidad como fenómeno comercial se ha extendido hasta donde llega el poderío de Occidente, en coincidencia a veces con festividades locales asociadas al Solsticio de Invierno. Para que las hecatombes consumistas que las empresas impulsan con el pretexto de la Navidad sean trasplantadas, es un obstáculo su asociación una figura religiosa cuyo culto pudiera chocar con el de divinidades o ídolos locales. Hebreos, musulmanes, shintoistas y budistas no quieren nada con Jesús. Para comercializar un bien, el capitalismo suprime su esencia. Para una Navidad descafeinada, erradica de ella el nacimiento de Jesús.

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La tarea no es fácil. Navidad es apócope de Natividad, el nacimiento de ya sabemos Quién. El cometido es más difícil en inglés, cuya palabra Christmas alude a la temporada de Christ, el Cristo. No resuelve el problema llamarla Xmas, con esa X que parece una Cruz. Todavía más difícil resulta que se haya atribuido al Niño Jesús la antigua costumbre de las saturnales romanas, de hacer regalos a los niños. No: a la Navidad capitalista hay que cambiarle el casting. Nada de José trabajador manual, nada de María Virgen, cero Niño Dios que no sabe manejar tarjetas de crédito, fuera Reyes Magos que vienen del Oriente con sus taparitas llenas de Oro Negro. Entonces ¿Quién?
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Para evitar disputas, nada como omitir las grandes figuras que fundamentan un credo. Se puede rechazar a un Dios, pero no a un humilde obispo del siglo IV llamado San Nicolás de Bari, cuyos únicos actos trascendentes fueron sanar a varios niños apuñalados y regalar dinero para la dote de jovencitas pobres colocándolo en los calcetines que éstas colgaban a secar. Para facilitar su marketing, despojarlo de los atributos que pudieran ligarlo con el Gran Ausente: nada de llamarlo como en Italia Babbo Natale (Abuelo Navidad), mucho menos con un británico Father Christmas (Padre de la temporada de Cristo) y por ninguna circunstancia San Nicolás. Por el contrario: Pere Noel (Padre Noel), o simplemente, Santa, que no parece título canónico sino apodo. Santa suplanta a las Saturnales y al Niño Jesús en la tarea de entregar a los niños regalos, hoy facturados por las grandes transnacionales de la juguetería. Lo hace en trineo tirado por renos nunca vistos en Judea ni en su Anatolia Natal. El Pop ha terminado atribuyéndole rolliza esposa y fábrica de juguetes donde trabajan gnomos, seguramente importados de maquilas donde son explotados hijos de inmigrantes ilegales.
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Los protestantes y algunos católicos jansenistas creen que como Dios no ignora el futuro, sabe quiénes han de salvarse, y los favorece confiriéndoles riqueza y posiciones en esta vida. Es el punto de vista que expresa Paul Schrader en su magnífico film First Reformed (La Iglesia de la Salvación). En un grupo de apoyo una creyente se queja de que su padre, cristiano ejemplar, está sin empleo ni ingresos. El pastor explica que Dios no necesariamente confiere el bienestar económico. “¿Cómo? ¿Un Cristo para perdedores?” protesta otro feligrés, cruzándose de brazos. Firme creyente en un Dios que premia anticipadamente en esta vida, una parte del protestantismo ha de sentirse incómoda con un Redentor que nace en un pesebre, expulsa a los mercaderes del templo y predica la pobreza. Salvo contadas excepciones, no abrigan las iglesias protestantes representaciones del Nacimiento, y mucho menos con San José, la Virgen, la Mula y el Buey.
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Para fundamentalistas cuyo fanatismo les impide aceptar navidades ni que sean descafeinadas, el marketing ha inventado otra sutileza tan inodora, incolora e insípida como el dinero mismo: el Espíritu de la Navidad, asqueroso fantasma o ectoplasma que aparece hacia el 23 de diciembre, cuando entran en frenesí las compras de regalos, y se desvanece cuando quedan sin saldo las tarjetas que los compran. De tal manera se puede producir, vender, regalar, recibir y hacerse rico comerciando con pacotilla consumista sin escrúpulos de inconsciencia. Así queda Jesús cesanteado de su propia Navidad, sin derecho a indemnización por antigüedad, preaviso ni cesantía.

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Me considero invitado a toda fiesta que no celebre la desdicha de otros o se haga a costas de lo que a ellos les falta, bien encomie a Saturno, al Niño Dios, al propio nacimiento o al de cualquier inocente que arriba a este Valle de Lágrimas. Aquiles Nazoa dedicó uno de sus más hermosos libros a la Navidad Venezolana, esa deliciosa mezcla de paganismo, reunión familiar, alboroto, hallacas y expectativas, que va siendo reducida a la nada por las cajas registradoras de Santa y del Espíritu Navideño, sin más protesta que un inteligente artículo de Prudencio Chacón. Aquí, como en todo, se libra una batalla de las ideas. La está perdiendo la Iglesia Católica, y con ella todos nosotros.

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