Pare de sufrir| El estilo de Bolívar (y II)

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Dos escuelas de pensamiento antagónicas concurren el pensamiento del Libertador. Por una parte, la Ilustración, a la cual no por casualidad Emmanuel Kant ha definido como “la liberación del hombre de su culpable incapacidad”. Esa liberación ha de operar mediante la aplicación de la racionalidad a todos los aspectos de la experiencia humana, según lo predican los enciclopedistas. La segunda escuela es el Romanticismo, que le llega por la lectura de Rousseau y las enseñanzas de Simón Rodríguez Desconfían los románticos de la racionalidad en general y de la civilización en particular; pues ésta corrompería al hombre. Guía fundamental de la conducta ha de ser la pureza de las emociones, que sólo se encuentra en el bajo pueblo y en las naciones apenas formadas. La Ilustración es raciocinio, mesura, equilibrio, claridad, porvenir, reforma esclarecida. El Romanticismo es sentimiento, desenfreno, apasionamiento, misterio, pasado, revolución popular. A cada doctrina corresponde una estética. “Se dice que los grandes proyectos deben prepararse en calma ¿Trescientos años de calma no bastan?”, exclama Bolívar en su discurso ante la Sociedad Patriótica en julio de 1811. En esta frase chocan las dos escuelas: la calma raciocinante y la impaciencia pasional.

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Afirma Buffon, a quien Bolívar toma por guía en cuestiones de estilo, que “escribir bien es lo mismo que pensar bien, sentir bien y exponer bien: es tener al mismo tiempo ingenio, alma y gusto. El estilo supone la reunión y el ejercicio de todas las facultades intelectuales”. En el mismo sentido, había afirmado Boileau en su Ars Poetica: Aprended á pensar antes que todo, Bien escribimos cuando bien pensamos.

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La claridad, la firmeza y la originalidad con la cual escribe el Libertador reflejan las de su pensamiento. Son las mismas con la que dispone campañas, jerarquiza objetivos estratégicos, ordena medios tácticos y encuentra formas sorpresivas y eficaces de sortear dificultades. Si el estilo es el hombre, el del hombre de acción se expresará en sus actos, que tendrán la misma premeditación y orden que sus palabras.

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De lo anterior no debemos concluir que el estilo de Bolívar es sólo diáfana máquina de razonamientos. El estadista ama y emplea metáforas deslumbrantes, antítesis chispeantes, expresiones emotivas, matices irónicos, al extremo de que su prosa y su vida han sido calificadas de románticas. Parecería que, aparte de expresar su naturaleza impetuosa, acoge los preceptos de Boileau en su Ars poetica: Promoved la pasión en el discurso. Valeos de su fuerte poderío, Y cual sublime arte manejada Sepa inflamar un corazón tranquila.

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Es estadista quien piensa en colectividades antes que en individuos. Si por la conjunción de facultades naturales, pedagogía original e inmensa curiosidad intelectual ha llegado Bolívar a pensar bien, sentir bien y exponer bien, su objetivo es que las naciones liberadas compartan estas facultades. “Moral y luces son los polos de una República: moral y luces son nuestras primeras necesidades”, proclama en el Discurso de Angostura en 1819. El Libertador comparte la fe
ilustrada en el conocimiento. Poner a disposición de un continente los instrumentos intelectuales necesarios para educarse, informarse y formar un juicio sobre los prejuicios heredados producirá la verdadera liberación, la del intelecto.

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Podemos formarnos una idea de la medida en que Bolívar valida estos principios estilísticos en las reconvenciones que jovialmente descarga contra “La victoria de Junín”, extenso poema de 907 versos de José Joaquín Olmedo. Para comenzar, critica la extrema exageración épica del poema: “Todos los calores de la zona tórrida, todos los fuegos de Junín y Ayacucho, todos los rayos del padre de Manco Capac, no han producido jamás una inflamación más inmensa en la mente de un mortal. Ud. dispara… donde no se ha disparado un tiro; Ud. abrasa la tierra con las ascuas del eje y de las ruedas de un carro de Aquiles que no rodó jamás en Junín; Ud. se hace dueño de todos los personajes: de mí, forma un Júpiter; de Sucre, un Marte; de La Mar, un Agamenón y un Menelao (…).

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En esta crítica irónica parecería que Bolívar rinde tributo al pasaje de Buffon en su Discurso sobre el estilo, donde el naturalista afirma que «Nada hay mas opuesto a la belleza natural que el trabajo que se toma para expresar cosas ordinarias o comunes de una manera singular o pomposa: nada degrada más al escritor”. También resuena un eco de las estrofas de Boileau: No subáis al principio en el Pegaso .Ni gritéis como un trueno del Olimpo, ‘Yo canto al vencedor de vencedores.” ¿Qué seguirá después de tales gritos?

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En la segunda epístola sobre el mismo poema, todavía aplica Bolívar con mayor rigor la preceptiva literaria: “He oído decir que un tal Horacio escribió a los Pisones una carta muy severa, en la que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador, M. Boileau, me ha enseñado unos cuantos preceptos para que un hombre sin medida pueda dividir y tronchar a cualquiera que hable muy mesuradamente en tono melodioso y rítmico”. Dichos autores recomiendan no apresurarse a divulgar textos recién escritos; someterlos a la consideración de amigos que no teman señalar sus defectos, releer y corregir incesantemente. Por tal motivo, Bolívar, entre otras consideraciones, sentencia: “Ud. debió haber borrado versos que yo encuentro prosaicos y vulgares: o yo no tengo oído musical, o son… o son renglones oratorios”. Hay que distinguir entre la poesía y la retórica para componer una argumentación que fulgure como un poema.

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Llama la atención esta conciencia de la necesidad de maduración del trabajo literario en alguien como Bolívar, obligado por el torbellino de las circunstancias a resolver mil asuntos a la vez, dictar a varios secretarios simultáneamente y dejar constantemente la escritura por la acción. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad es Ilustrado; el Libertador es romántico. Su escritura es la América. l

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