“Vida en abundancia”

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Anoche se quedó a dormir en mi casa Francisca. Apenas llegó de Valencia, dispuesta a hacer cola, temprano mañana, en el Clínico Universitario. Ha reunido con inmenso esfuerzo económico e ingenio práctico lo que va a necesitar para instalarse un catéter venoso central. Le costó una fortuna.

Esta mañana, mientras saborea una arepa muy mañanera con un cafecito que se salvó de la escasez, recibe una llamada telefónica de su esposo: anoche, en el mismo metro que le debía permitir reunirse con su esposa, Nelson se vio despojado, en un atraco colectivo, del precioso catéter. ¡Catástrofe!

Hace un instante Francisca respiraba hondo la alegría y la esperanza serena de “volver a vivir”; y ahora, ¡dolorosa transformación!, está hecha un mar de lágrimas. ¿Cómo volver a encontrar el medio millón de soberanos – sin incluir todavía el pesado porcentaje por el deprimente aumento del costo de la vida?

Hace poco, Francisca tenía 50 años de juventud y alegría; y ahora, es una mujer aplastada por el peso de una vida donde la misma esperanza se deshace en el llanto, la rabia, el desaliento.

¿Cómo no compartir estos sentimientos? “¡Y eso que anoche rezamos juntos!”… Es verdad: el mismo Dios no se salva. Pareciera tener parte de responsabilidad en ese hundimiento.

A lo largo de mis 50 años de cura motorizado, me vi despojado cuatro veces de mi humilde, destartalado vehículo. Me fueron útiles estas humillaciones… para sentir y entender la cólera de quien sufre ese naufragio indebido; para entender la pelea, a veces mortal, y siempre irracional, entre el poderoso, armado, y el inocente, que intenta salvar lo que se pueda. Cuantas veces no he tenido que participar en el triste y costoso desenlace, en el barrio, lugar de tantas penas y lágrimas.

No, no estoy de acuerdo con las venganzas pseudolegales del Faes, Baes, Sebin y otros Cicpc. Ni con la pena de muerte oficial. Pero de ahí a soportar con pasividad lo destructor, tampoco. La indisciplina tradicional del venezolano encuentra, en ese particular, un límite intolerable. Por eso, solicitamos grandes campañas favorables a la vida, la alegría, la tolerancia, el deporte, la sensatez. A todas las expresiones de la cultura. Es lo que decía Jesús de Nazaret: “He venido para que tengan vida, vida en abundancia”.

Sacerdote de Petare

brunorenaud00@gmail.com

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