Un Papa de combate

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El mes pasado, el papa Francisco fue a visitar las comunidades cristianas de África del Sur, muy en especial las de Mozambique, y las islas de Madagascar y Mauricio.

Se fue confirmando el fuerte nivel de crítica que suscita su tesis progresista en amplios círculos de cardenales y obispos. Al hacer de su pontificado la defensa integral de los pobres, Francisco corre serios peligros de parte de buenos cristianos…

Numerosos son los fieles de raigambre conservadora que lo atacan de frente; lo tratan de comunista, y no aprecian su discurso con motivo social.

Lo curioso es que ese discurso de carácter social se encontraba en Juan Pablo II, papa adulado por la corriente conservadora, pero tan diferente del pontífice actual. No pocos prelados católicos, sobre todo en los Estados Unidos, estiman que el papa argentino habla demasiado de las desigualdades sociales, de inmigrantes y excluidos. Supuestamente, debería dedicarse a recordar los puntos de disciplina tradicional, sobre la familia o la moral sexual. En los Estados Unidos, impactó la gravísima denuncia contra el papa de parte del propio nuncio de origen italiano.

En su viaje reciente, de regreso a Roma, el papa Francisco fue entrevistado y solicitado por los periodistas: “¿No teme ud. un cisma en la Iglesia?”, le dijeron; es decir, un corte violento de tipo doctrinal o disciplinar. “Le pido a Dios que este cisma del que me hablan no tenga lugar”, contestó el pontífice; “pero no lo temo”.

Mientras tanto, algunos prelados, siguiendo la denuncia del nuncio en Estados Unidos, solicitan hasta la renuncia del papa, so pretexto que siembra la confusión doctrinal en las filas de los creyentes.

La respuesta del papa es francamente evangélica: “Allí donde imperan tantas escuelas de rigidez en la Iglesia, es necesario que reine la compasión”.

Francisco está cambiando el papado, no por lo que dice, sino por su forma de vivir. Su evangelio vivo no es, ante todo, una doctrina teórica; es sobre todo un “proyecto de vida”. El papa exhorta a la ternura porque “el amor es el sentido de la vida”. Hoy más que nunca, dice, es necesaria “la revolución de la ternura. Sólo ella nos salvará”.

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