Un conflicto duradero

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Joe Biden, el antiguo vicepresidente de Barack Obama, candidato favorito para la elección presidencial americana del 2020, no pudo comulgar en su parroquia de Carolina del Sur. Motivo: su apoyo al aborto. En plena campaña para la investidura demócrata en ese Estado, Jope Biden fue a misa el domingo 27 de octubre pasado. Pero en el momento de la comunión, el párroco se negó a darle la comunión, pretendiendo que “quien defiende el aborto, se sitúa fuera de las enseñanzas de la Iglesia”. En respuesta, el senador Biden contestó serenamente que “no tenía la intención de defender lo que es expresión de su vida personal y no tiene por qué ser impuesto a otros”.

El problema del aborto hace regularmente el objeto de tensiones entre los políticos americanos y los movimientos más conservadores de la Iglesia Católica. No vamos a epilogar sobre el contenido doctrinal, moral o disciplinar de la norma recordada por el párroco de Joe Biden a su augusto feligrés. Pero un breve repaso por la historia permite aclarar muchas cosas.
Durante unos quince siglos después de Cristo, la relación entre confesión y comunión se estableció en favor del segundo término. Salvo en casos muy específicos, la comunión era considerada como borrador de los pecados; de tal manera que, lejos de ser destinada a los santos, la comunión era “medicina” y reparación para los pecados. Expresémoslo con una sola imagen: lejos de ser considerada como un caramelo dado al niño que se haya portado bien, la “santa comunión” era santa “medicina” para el cristiano pecador.

Hoy, el papa Francisco no dice otra cosa. Para él, “la eucaristía no es un premio destinado a los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Evangelii Gaudium).

Esta es una afirmación “valiente”, porque en vez de ir en el sentido de la Reforma Católica del siglo XVI, dirigida contra los protestantes que negaban el sacramento católico de la penitencia, vuelve a una relación más abierta entre los dos sacramentos: aún el sacramento de la comunión es más primordial, y por lo menos tan igualmente santificador, que el sacramento de la penitencia. Afirmación “valiente”, porque no sobra la compasión en la Iglesia, mientras “impera allí muchas escuelas de rigidez”.

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