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Un santo actual para Venezuela

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Bruno Renaud.- El recién pasado 24 de marzo, se recordaba el 38º aniversario de la muerte de Mons. Romero, arzobispo de la capital de El Salvador. Mientras celebraba la misa en un humilde hospital para cancerosos, el obispo, habiendo sido víctima de decenas de amenazas, recibió finalmente en pleno corazón la bala explosiva de un francotirador. El asesino, 38 años después de su crimen, todavía se encuentra escondido y protegido por los Estados Unidos.

El papa Juan Pablo II y su entorno vaticano no simpatizaban con este obispo mártir. Consideraban que él se había metido indebidamente en asuntos políticos, y que su muerte era solamente – lamentable consecuencia – un asesinato político. En realidad, Oscar Romero había optado decididamente en favor del pueblo más pobre e indefenso de su país. De los integrantes obreros en los sindicatos. De los campesinos desorganizados. Aún de los propios militares o policías asesinados. Cual otro Gandhi, Romero no conocía barreras: condenaba la injusticia mortal de donde fuera que viniere.

Por eso decía: “Cuando hablamos de injusticia en la tierra y la denunciamos, creen los políticos que jugamos a la política. Es en nombre de la justicia del Reino de Dios y en el nombre de Dios que denunciamos las injusticias. Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado. El Evangelio me impulsa a hacerlo, y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte”.

Esta honradez en la denuncia de todas las injusticias, aun si vienen de la propia Iglesia, hace la diferencia con otras situaciones tan solamente parecidas. Hablando de los mártires cristianos, muertos por la aplicación del “segundo mandamiento” (amor al hermano) y no tan sólo del primer mandamiento (amor a Dios), Romero tenía la valentía de declarar: “Me alegro, hermanos, de que la Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres. Los pobres le han enseñado a la Iglesia el camino verdadero”.

Hijo de nuestra América, el papa Francisco, no sólo ha conocido a Mons. Romero, sino que ha podido vivir circunstancias parecidas en su Argentina actual y en otros países latinos: dictaduras militares, despiadadamente brutales, torturas sistemáticas y desaparición de presos. El sufrimiento infligido y la injusticia no tienen nacionalidad. Son condenables en Venezuela y en todos los demás países. En ciertos países latinos, parecen ser inclusive práctica tolerada o no realmente combatida.

Romero es ejemplar de santidad, en imitación de Jesús de Nazaret.

Bruno Renaud

Sacerdote de Petare

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