¿Mujeres sacerdotes? (1)

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No hace mucho, me ausenté del barrio por algunas semanas. ¿Y la misa, entonces? “¿Por qué no podríamos celebrar la misa, nosotros?, dijeron algunos. “Ah, ¿sí? ¿Y por qué no nosotras?”, contestaron las féminas. La discusión estaba servida. ¿Cómo contestar en poquitas palabras? Lo vamos a intentar en dos entregas sucesivas. Una: el pasado; dos: el porvenir.

El pasado: la tesis más común es que, en su Última Cena, Jesús de Nazaret hubiera inventado el sacerdocio. Pero exclusivamente para los varones: doce apóstoles y sus sucesores, y punto. La Iglesia pronto se habría encargado de excluir a las mujeres de esta función.

¿Dónde está el error capital de los que así piensan? En creer que Jesús fue el que “inventó” el sacerdocio. Pues, sorpresa para casi todos: Jesús no sólo no “hizo” nunca el sacerdocio, sino que tampoco lo hizo la Iglesia de los dos primeros siglos (200 años después de Jesús).

Para los cristianos el sacerdocio era característica fundamental de las religiones “paganas” y del judaísmo. Nada que ver con la novedad cristiana. Por ejemplo, la carta a los hebreos, único libro bíblico que habla abiertamente del sacerdocio de Jesús, insiste en su unicidad: Jesús, ¡sí!, pero otros cristianos, ¡no! Ni hombres ni mujeres.

Sin sacerdotes, ¿no había misa? Claro que sí. Pero el presidente no era ningún sacerdote, sino presidente de una pequeña comunidad cristiana local. ¡Nada más, ni nada menos! A veces, los llamaban “profetas”. La misa no era considerada como acto sacerdotal, sino como acto profético, palabra de Dios en acción.

Pero ahí aparecen otras dos constataciones novedosas. Uno: había mujeres presidentas de grupos y comunidades cristianas. Sin restricciones. Múltiples indicios dan de pensar que ellas también presidían la misa. Es decir, presidentas de la misa, pero no sacerdotes, porque los cristianos no querían esta noción. ¿Se dan cuenta? Misa hay, pero sin sacerdote; es una regla teológica fundamental para la época.

Y segunda cosa novedosa, que no terminamos de enfatizar: todos los bautizados son, juntos, un pueblo sacerdotal, una nación consagrada. Es decir, la noción de sacerdocio no recae sobre los que se llaman hoy sacerdotes, sino sobre la totalidad del pueblo bautizado.

¡Cuánto nos toca todavía aprender en la misma Iglesia!

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