Llora la Amazonía

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Más de un siglo estiman los especialistas que tarde en regenerarse la miles de hectáreas de bosques de la Amazonía que han sido y están siendo arrasadas por las llamas. La mayor parte del daño ambiental ocurre en Brasil, donde el presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro ha mostrado muy poco, para no decir nada, interés por proteger esta zona llamada el pulmón vegetal del planeta, por ende su reacción tardía a la crisis.

“La Amazonia es nuestra, no de ustedes”, señalaba Bolsonaro a las críticas que vienen del viejo continente europeo, que tampoco está libre de pecado en los incontables crímenes ecológicos ocurridos a raíz de un desarrollo económico depredador que amenaza con extinguirnos del planeta, tal como ocurrió con los dinosaurios.

Desidia, complicidad, desprecio por el medio ambiente y un apoyo extremo para que los capitales expandan sus operaciones en Brasil, incluida las zonas naturales protegidas, han caracterizado las políticas de Bolsonaro, que llegó al poder favorecido por el golpe de Estado contra Dilma Rousseff y la “ayuda” de las élites económicas, políticas, religiosas y mediáticas del vecino país. Apenas el mundo comienza, tímidamente, a reaccionar ante tal tragedia ecológica, que se vino a conocer dos semanas después de iniciada. Resulta extraño que un mundo conectado tecnológicamente, con avanzados satélites propios de las naciones desarrolladas, los medios se tardarán tanto en “informar”. En las redes, cuyos accionistas comulgan con ese modo capitalista depredador de los recursos de la mayoría para beneficiar a unos pocos, la “instantaneidad” “inmediatez” y solidaridad no aplicaron en este tema tan sensible para el futuro de la humanidad, como si paso con la quema de Notre Dame.

Las llamas no solo afectan a Brasil, que muestra un aumento de incendios forestales de 83% respecto al año pasado, sino también a las zonas amazónicas de Bolivia, Perú y Paraguay. En Venezuela, que también posee un área de la Amazonía, debe mirarse en el espejo del gigante del sur y mostrar, con más hechos que palabras, el interés por garantizar la conservación de estos bosques para las generaciones futuras.

De allí, la importancia de ejercer en los estados Bolívar y el Amazonas un control real de la minería ilegal para evitar la deforestación de extensas áreas de selva tropical y la contaminación de los ríos, males que tardan años por sanar y que son propiciados por las mafias que extraen el oro y otros metales preciosos.

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