La universidad

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Cuando nos graduamos de bachilleres, quien escribe en 1967 y mi hermana en 1970, en nuestro Barquisimeto natal las posibilidades de educación superior eran el Pedagógico y cuatro carreras en el Cedes, hoy Ucla. Para una familia de clase media provinciana no era fácil mantener dos hijos estudiando en Caracas. Hice Derecho y ella Química. Los dos en la Universidad Central de Venezuela. La universidad gratuita abría la puerta a las oportunidades. Aparte de su calidad académica, la Central abría también la mente a la cultura y a la comprensión social y política del país. Yo, lisandrista que militaba desde el liceo, desarrollé en las luchas estudiantiles ucevistas mi vocación. Ahí conocí a mi esposa, egresada de sus aulas.

Mi gratitud a la “casa que vence las sombras” por todo eso me acompañará toda la vida. Pero nuestro vínculo familiar con ella es más largo. De la UCV son egresados mi padre, un tío, mi bisabuelo y otros familiares queridos. Mi tatarabuelo Agustín fue el primer decano de Ingeniería. De ellos no heredé otra fortuna que la decencia, el amor al trabajo y el deseo de saber y servir. Ese es nuestro patriotismo. Trato de ser leal a ese legado.

En estos años, la UCV y todas las universidades de Venezuela, en especial las nacionales autónomas, han sufrido un acoso implacable desde el poder. Desde “tomas” premeditadas, asfixia presupuestaria, discriminación, oídos sordos al conocimiento que producen, a sus ideas y opiniones, a sus reclamos. Imposición de normas inconsultas que desconocen la naturaleza de la institución universitaria. Incomprensión radical con su autonomía. Persecución a estudiantes y profesores. La situación nacional provocada por los errores y omisiones de los que mandan ha generado éxodo de docentes y deserción estudiantil. Recientes decisiones “judiciales” agravan la crisis intencionalmente causada. Tristeza y rabia da ver cómo se echa por tierra un progreso logrado en muchos años de esfuerzo por la sociedad venezolana. Pero también esa adversidad nos alienta, porque esto tiene que cambiar. Y cambiará.

¿Por qué ese odio a la universidad? ¿Será porque como espacio de inteligencia, búsqueda y sensibilidad es naturalmente libre? ¿Será porque nunca pudieron, con todo su poderío y sus reales, ganar una elección estudiantil ni una elección de autoridades?
No podrán con la universidad. Ni con la pública ni con la privada. Venezuela quiere y merece un futuro. Y lo tendrá.

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