Hace 30 años, en El Salvador

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En el funeral de Monseñor Romero en la Universidad Centroamericana de San Salvador, el rector de esta institución, el padre Ignacio Ellacuría, dijo :”Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador… Fue un enviado de Dios para salvar a su pueblo”. Durante los pocos años de su ministerio episcopal, numerosos sacerdotes, delegados de la palabra, laicas y laicos, murieron igualmente asesinados. Fueron la expresión del martirio colectivo de Jesús pasando por el país.

Pero lo que no pudo anunciar el padre jesuita Ellacuría, es su propio asesinato. Un día como hoy, 16 de noviembre de hace justo 30 años, este noble servidor de la Iglesia de El Salvador sellaba con su propia sangre, junto con otros cinco sacerdotes jesuitas y dos humildes servidoras de la comunidad, sus años de servicio intelectual y pastoral. Ellos fueron, colectivamente, la expresión del “siervo sufriente de Yahvé”.

Al hablar de un sacerdote asesinado, Monseñor Romero había dado una explicación luminosa de las razones del martirio: “Se mata a quien estorba; así mataron a Cristo”. Tal como Monseñor Romero, el padre Ellacuría estorbaba. Él, y el grupo de servidores jesuitas de la misma comunidad. Su inteligencia excepcional, su palabra honrada, su invitación a la conversión de parte de todos, su capacidad de liderazgo para medir entre los fautores de la guerra, todas estas razones fueron intolerables motivos para los militares, responsables principales de la violencia.

En la línea más recta del servicio de Monseñor Romero, Ellacuría y sus compañeros molestaban, y por eso, llegaron a formar parte de esta “Iglesia martirial”. Junto con tantos salvadoreños, él y los suyos dieron su vida para un proyecto de liberación del pueblo.

¿Qué será de nuestra Iglesia venezolana? ¿Acaso no tiene amplio motivo para hacer su examen de conciencia a la luz de la vida y muerte de esos grandes testigos de la fe, incrustados, ellos, en un mundo de pobres? Me temo que nos demos con facilidad un certificado de fidelidad, de supuesta imitación de los grandes padres de la fe. Temo gravemente nuestra soberbia clerical. ¿Habremos buscado a tiempo la “conversión” y la “consolación” para todo nuestro pueblo? Obispos y sacerdotes, ¿somos capaces de pagar el precio personal para la purificación de nuestro Iglesia?
Sacerdote de Petare
brunorenaud00@gmail.com

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