Golpismo racista

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La resistencia popular ya comienza a despejar en las plazas y calles de La Paz las sombras del Golpe de Estado que cubren a Bolivia, tierra de los pueblos ancestrales herederos del legado libertario de Túpac Katari y a los que Evo Morales, uno de sus hijos, devolvió la dignidad y libertad que les arrebató durante siglos el imperio español y en las últimas décadas el imperio yanqui y sus vasallos, militares, policías y los racistas industriales de la región de la Media Luna.

El pasado lunes, miles de indígenas marcharon desde El Alto hasta La Paz desafiando las balas de las Fuerzas Armadas para rodearon el Obelisco donde izaron la bandera Wiphala, símbolo de resistencia y demás valores de los pueblos ancestrales andinos para protestar el Golpe de Estado y el irrespeto a su milenaria enseña.

El martes, en una sesión del Congreso en la que no hubo quorum, la senadora opositora Jeanine Áñez, al mejor estilo “guaidoano” y en un ridículo Sainete, se autoproclamó presidenta del país, la misma persona que el día anterior ordenó reprimir llamando “delincuentes” a los que protestaban, acto de rebeldía al que se sumaron manifiestos y declaraciones de líderes laborales que organizan Paros, Huelgas en rechazo al “Coup d’ Etat”.

Dos días antes, el ministro de la Defensa, General Javier Zabaleta renunciaba al cargo en una carta en la que, dirigiéndose a Mesa y Camacho, en clase magistral de moral y ética profesional les dijo: “Señor Carlos Mesa, Señor Fernando Camacho: un Asunto Político no se resuelve aumentando el calibre de la represión. Las balas no son la respuesta ni la solución a un problema. La política son las ideas contra las ideas, y no el zumbar de las balas. Dios guarde a Bolivia”.

Esos eventos se suman al protagonizado por la inmensa mayoría del mundo digno que condena a quienes, incapaces de acceder al poder a través del voto, recurrieron a la violencia por orden de EEUU que desde su embajada en La Paz dirigió el golpe político-militar que derrocó a Evo, pero fracasa en su afán por destruir las revoluciones de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Lo intenta desde los templos del Clan de Lima y la OEA, donde oficia Almagro, sacerdote de una secta satánica cuyos miembros rinden culto al Dios Dólar que financia las conjuras contra esos pueblos y gobiernos dignos negados a convertirse como ellos, en vasallos del Imperio.
Periodista

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