FMI

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En la mera mitad del mundo ha ocurrido el estallido. Ecuador es el escenario de una crisis política de alta envergadura que es observada con atención desde todas las latitudes, por más que el Gobierno de ese país, los medios de comunicación, las instituciones multilaterales y los poderes regionales intenten relativizar el conflicto y disminuir, en apariencia, la verdadera gravedad del asunto.

Ecuador hoy es ingobernable. Y este estado de cosas no ha sido producto ni del socialismo ni de ningún plan de desestabilización orquestado maquiavélicamente desde Venezuela, como ridículamente declaró Lenin Moreno, en un patético intento de arrancarse la responsabilidad de lo que sucede en el país del cual es presidente.

Pero más patético aún es el hecho de que la razón real de la crisis no es algo que deba sorprender a nadie. Lo que ha provocado el levantamiento de las organizaciones indígenas, los trabajadores y el pueblo llano en Ecuador ha sido algo amargamente familiar en América Latina: el pacto del Gobierno con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que obliga a reducir el histórico subsidio a los combustibles, hacer reformas laborales que recortan los beneficios a los trabajadores, además del impuesto de un día de salario mensual, mientras se les reducen los tributos a los capitales importadores.

Todo esto a cambio de un endeudamiento de 4 mil millones de dólares “para sacar a Ecuador del estancamiento de cuatro trimestres con crecimiento menor a 0,5%”. La absurda compulsión de los millonarios por acumular gratuitamente cada vez más capital lleva a los países inexorablemente al abismo.

Y lo peor de todo es que aquí en Venezuela la oposición descaradamente habla de la “necesidad” de acudir al FMI y endeudarse por decenas de miles de millones. Como si la experiencia de Macri en Argentina no fuera suficiente ejemplo de desastre o como si en este país no hubiera ocurrido el Caracazo.

El objetivo de quienes quieren tomar el poder en Venezuela es el mismo de quienes lo tomaron en Ecuador. Y no hace falta suspicacia para advertirlo. Basta escuchar a todos los “expertos” económicos que claman por una “inyección” de capital. Como si el pueblo no supiera de sobra lo que eso significa: unos pocos se embolsillarán esa plata y será el pueblo con su pobreza y su sangre quien la quedará pagando.

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