Érase una vez

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Érase un país que se cansó de los demócratas. Aunque la mayoría amaba la democracia, una proporción no despreciable de su pueblo hablaba con nostalgia de la dictadura. Una prolongada mala situación, el colapso de un modelo, taponeó los canales de movilidad social en un país acostumbrado a las oportunidades y a las expectativas crecientes en vastos sectores. La fatiga política, el desgano y el deterioro económico, regaron la frase “peor que esto, nada” y entre desencantado e ilusionado, se atrevió a entregar el poder a quien prometía cambiarlo todo, incluso la institucionalidad democrática, en nombre de una democracia verdadera, directa y sin intermediarios, participativa, protagónica. Una revolución.

El experimento fue bienvenido con popularidad desbordante. Se convocaron más elecciones que nunca y una tras otra las ganaron el líder y su promesa. La buena suerte sonrió a los revolucionarios con una inundación de plata jamás vista, debido a un aumento en los precios, no en producción ni en productividad. Por varios años abundaron los recursos para financiar la imaginación ilimitada, incluida la corrupción que nunca falta cuando el dinero sobra y escasean controles y escrúpulos.
Los gobernantes presumían de demócratas. Lo respaldaban con elecciones y referendos y un sistema electoral automatizado, “el más moderno del mundo”.

Pero el contraste entre promesas y resultados se hizo más y más evidente. Fue reapareciendo la fatiga y brotó el descontento. La caída en los ingresos por exportaciones, el endeudamiento, el gasto desordenado y la corrupción vaciaron las arcas públicas, mientras se arruinaba la economía privada y naufragaba la estatizada con expropiaciones, invasiones e improvisaciones. Trabajadores y empresarios empobrecidos. No ganaron ni una voluntad nueva, salvo la interesada de los enchufados y entre sus partidarios cundieron el malestar, la desconfianza y el rechazo.

Cuando empezaron a perder elecciones, dejaron de confiar en ellas. Las trampas y el ventajismo abundaron. ¿Referendo? No se puede. ¿Elecciones? En nuestros términos. “Protectores” manejan poder y recursos en localidades donde perdieron sus candidatos. Parlamento vaciado de poderes. Partidos ilegalizados, líderes inhabilitados, politización de la justicia. Restricciones a las libertades, en especial a la de expresión e información.

Pero aquel país cautivo no se cansó. Jamás renunció a su esperanza. Y renació.

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