Dulzura, dolor y esperanza

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De Polonia me impresionó la dulzura. Llegamos a Cracovia al anochecer, luego de un viaje largo en tren. Caminamos al hotel guiados por la amabilidad. En la torre de la catedral un clarín daba las horas y en la plaza del mercado, la chocolatería Wedel nos endulzó como ha endulzado desde 1851.

Con la invasión a Polonia en 1939 se inició la II Guerra Mundial. En 1945 comenzó la construcción de la República Popular y en 1989 se abrió paso, en una transición singular como todas las transiciones, a la democracia plural, la economía de mercado y Europa. En mi corta visita a Cracovia viví la estremecedora experiencia de Auschwitz. Nada nos prepara, ni siquiera informarse de sus horrores, como en el libro de Laurence Rees que había leído poco antes. Sólo la dulzura de la ciudad me permitió recobrarme del estremecimiento. ¡Hasta dónde puede llegar la maldad humana!

¿Cómo es posible que sea tan dulce un pueblo que ha sufrido tanto? Nos preguntamos entonces. El nazismo, la guerra con su secuela de dolor y ruina, la ocupación, los campos de la muerte y luego de la liberación por el Ejército Rojo, la versión polaca del socialismo real, dirigido con tutelaje soviético por el Partido Obrero Unificado de Polonia.

Lo he recordado hace dos noches, cuando en medio de tráfico caraqueño, empeorado por la lluvia, las malas condiciones de las calles y el carácter agriado de conductores que circulan sin semáforos ni reglas, regresaba a casa desde un remanso llamado de nuestra alegre decadencia urbana, La Poeteca, donde vienen rindiendo homenajes a poetas polacos. Esta vez le tocó a Tadeusz Rózewickz, además dramaturgo, narrador y ensayista quien habría cumplido 98 años el 9 de octubre.

No conocía más que de nombre a este combatiente de la resistencia, cuyo hermano Janus fue asesinado por la Gestapo a quien, según cuenta Katarzyna Zechenter para El País de Madrid, “La II Guerra Mundial persiguió hasta su muerte”. Poeta áspero, de versos certeros, sin rodeos y sin anestesia. “El hombre nuevo/es ese de ahí/si esa/tubería de desagüe/deja pasar/todo”. Protesta contra los objetos que “se convierten en dioses” y contra los seres implacables que, sin embargo, “son más débiles que las plantas o los animales/puede matarlos una palabra/una sonrisa una mirada”. A Polonia nos acerca, muy a nuestro pesar, un sufrimiento ante el cual lo nuestro se sonroja. Y la esperanza, esa invencible compañera.

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