Docentes en el huracán

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El pasado 15 de enero fue el Día de la Maestra y el Maestro. Cuando ya toda la retórica se ha apagado y quedaron atrás los actos oficiales, lo que permanece es la implacable realidad de la huracanada crisis que vive Venezuela y que tantas cosas arrastra a su paso, incluida la escuela, toda la escuela, pero especialmente la escuela pública. Es de notar que, con un gobierno que se identifica como socialista, el valor del trabajo se pulveriza. Y el espacio de lo público se reduce y deteriora: industrias, expendios, hospitales, universidades, escuelas… Las y los trabajadores del sector público han sido los más afectados en sus salarios y otros beneficios en medio de la situación que vivimos. Entre ellos, las maestras y los maestros han visto reducirse de modo impresionante su capacidad adquisitiva, su acceso a servicios médicos, sus prestaciones, en fin, sus condiciones de vida.

Estadísticas oficiales no hay disponibles, pero organizaciones magisteriales calculan al menos un 30% de retiros entre las y los educadores. Algunos se han marchado buscando suerte fuera de nuestras fronteras, mientras que otros intentan vivir un poco mejor con actividades en el comercio o los servicios. No despreciamos ningún trabajo honesto, pero es grave para un país que personas preparadas durante años de estudio, a fin de enseñar a la infancia, tengan que dedicarse en cambio a manejar un taxi o vender chucherías. Mientras, ante la emergencia, su puesto en las aulas es ocupado por sustitutos de menor formación. Ya hemos acumulado algunos años de deterioro en la educación: hay que pararlo. Porque con cada día que pasa la huella es más profunda y las consecuencias más trascendentes.

No hay una cabal solución limitada a este problema, lo que hace falta son grandes iniciativas que resuelvan la crisis como un todo. Se requiere un acuerdo político que dé estabilidad al país, con garantías de respeto y convivencia democrática. Sobre esa base, necesitamos consensos razonables y bien articulados en el área económica; nada ganamos en economía con acciones aisladas, como parches aquí y allá, ni con promesas fantasiosas. El tiempo apremia: perderlo en forcejear con el otro bando, aspirando a la victoria total, es insano.

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