Derecha y ultraderecha

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El problema en América latina no es la derecha sino la ultraderecha, que es histeria, fanatismo religioso, machismo, descaro, racismo, o sea, fascismo. No porque la ultraderecha sea mayoritaria de aquel lado de la vida política sino porque tiene el patrocinio del imperio. Como el que tuvo el franquismo de parte de Hitler y Mussolini durante la Guerra Civil española.

Cuando al conde Ciano, yerno de Mussolini, le preguntaban su oficio respondía vanidoso:

—¡Fascista!

Fue la primera edad de oro del fascismo, pero ahora no quiere confesar su nombre. Se consagra, sin darle nombre, a: su brutalidad habitual, quemar gente viva en la calle por parecer chavista, robarse Citgo en tus narices, autoproclamarse lo que sea, descuartizar, degollar con guayas, cortar manos por las calles bolivianas, lanzar puputovs, destrozar ojos, asociarse con Rastrojos —que no encontraron una banda peor porque no la hay.

No debemos circunscribirnos al fascismo ordinario de Mussolini y Hitler porque nos limitaría la comprensión de sus variantes, sobre todo las contemporáneas, como Pinochet, Vox, Luis Fernando Camacho, María Corina, Leopoldo López, Guaidó. Porque si los silenciamos como fascismo puede pasar que ni el propio fascismo se perciba nazi. Es peligroso ignorar la fuerza formidable del fariseísmo, especializado en cubrir y encubrir toda bestialidad con un manto de eufemismos.

Pero no siempre son ambiguos. A menudo se descaran porque no logran guardar la compostura, como cuando la autoproclamada presidenta de Bolivia entra en triunfo al palacio blandiendo una enorme Biblia, para marcar y remarcar el supremacismo europeo. Por eso el fascista boliviano Camacho impuso en ese mismo palacio una Biblia sobre una Wiphala, bandera indígena plurinacional formalizada en la Constitución. El fascismo repudia histérico la pluralidad porque vive del integrismo eurocéntrico.

Les viene del totalitarismo cristiano, cuyo carácter genocida conocieron los millones de indígenas exterminados y lo están recordando en estas horas. Todo en nombre de la devastadora bondad infinita de Cristo —en Bolivia rezan antes de salir a masacrar. ¿Ya te hablé de la energía formidable del fariseísmo?

No les gusta llamarse fascistas porque tal vez se llaman algo peor.

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