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Del siglo XXI a la Edad Media

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Roberto Hernández Montoya.- Y viceversa. Intermitentemente. Al mal tuntún de los bloqueos eléctricos y de comunicaciones. El Imperio, junto con la-gente-decente-y-pensante-de-este-país, nos sumió en la bipolaridad. O nos deja indefinidamente en la era preindustrial. Como ha hecho con el Medio Oriente. Puerto Rico. Haití. Detroit. ¿Hablo de los apagones en California? ¿Del apagón de cuatro días en la Barcelona de Cataluña? Sin nada que funcione con electricidad. O sea, prácticamente sin nada.

En un aniversario de Edison alguien propuso en EUA apagar en su homenaje la electricidad durante un minuto. Imposible. Los EUA ya no acertaban vivir sin el portento eléctrico ni por un minuto. De todos modos los apagones se multiplican a diario por toda esa nación. Duran horas. Días. Y en Puerto Rico dos años. Pero Borinquen tiene el papel toilet que les roció el ocurrente filántropo Donald Trump.

En la Edad Media la gente sabía vivir en la Edad Media; ahora es el caos. Salvo en la Venezuela sabia y denodada.

A la consigna de «socialismo o barbarie» de Rosa Luxemburgo el Imperio opone la recíproca: «Barbarie o socialismo». Es decir, ya lo vociferó Trump contra Venezuela y el mundo: Si no imponemos el caos se impone el socialismo. Tiene razón. Por eso el Imperio fuerza el caos en todo el planeta.

Desanudan operaciones sicológicas destinadas a chiflar a una parte emocionalmente desvalida de la población a través de un entramado de fake news, las novísimas redes sociales, agresiones físicas como el sadismo comercial, o sea, la especulación y la inflación inducidas de toda la vida; apagones, cortes de agua, escasez, amenazas, cambio de régimen, guarimbas, que es el nombre venezolano para el terrorismo de toda la vida.

Estas operaciones terminan desquiciando a esa parte mediana de la población, que se histeriza, aclama que no teme una guerra civil y puede linchar gente, como ya se ha hecho con personas que «parezcan chavistas», un conjunto difuso ideal para su aplicación arbitraria y por tanto despótica.

Uno de los efectos más venenosos del vasto apagón de esta semana ha sido la cicatriz emocional que nos ha dejado esta humillación nacional que llegó hasta nuestra intimidad más entrañable. Nos repondremos, pero nos costará.

Roberto Hernández Montoya

Escritor

roberto.hernandez.montoya@gmail.com

@rhm1947.

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