Defensa de la soberanía

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La verdad pura y limpia
es el mejor modo de persuadir.
Simón Bolívar (1829)

Más de una vez he sostenido aquí, lo mismo que en clases, escritos y tribuna parlamentaria, mi convicción sobre la importancia fundamental que tiene para este país de nosotros su institución armada. Por lo mismo he insistido que es grande y grave el daño que se hace al militarizar la política y politizar la Fuerza Armada.

Lo peor es que se hace desobedeciendo la Constitución, que en su artículo 328 dice que la FAN es una “institución esencialmente profesional, sin militancia política” y más adelante que “está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”. En la misma línea, lógicamente, se desarrollan los artículos 329, 330 y 331.

Por cierto, siendo una institución de la nación, es de lógica básica que sus mandos mantengan relaciones de respeto e intercambio con todos los sectores de la sociedad y con las instituciones del Estado, como la Asamblea Nacional y autoridades estadales y municipales, sin distinguir posiciones políticas. Y si el 330 reconoce a sus integrantes el derecho al sufragio, lo natural es que dialogaran permanentemente con el liderazgo político plural del país, dentro de la Constitución, desde luego, y para realizar sus fines de defensa y desarrollo de la persona y su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y pacífica y la garantía del cumplimiento de principios, derechos y deberes de los ciudadanos.

Lo irónico es que esa no fue una ocurrencia constituyente, sino la doctrina de los fundadores de la Patria, empezando por el Libertador Bolívar, cuyo nombre se invoca en vano. Él, que considera a la dictadura “el escollo de las Repúblicas” (1827) y confiesa “Tengo en más a un soldado de la ley que al conquistador del universo” (1824), piensa que “El sistema militar es el de la fuerza y la fuerza no es gobierno” (1816) y que “Un militar no tiene virtualmente que meterse sino en el ministerio de sus armas (1825). Todo lo cual no tiene por qué extrañar, pues ya en 1814, en el convento franciscano en Caracas, había afirmado: “Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del gobierno; es el defensor de su libertad.”

El militarismo no valora lo militar, cuya tarea es defender la soberanía y la libertad.

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