OPINION | 07/09/2011 09:26:32 a.m.
Conducir un autobús en Guatemala es un gran riesgo
Con 18 homicidios diarios, los niveles de Guatemala son de los más altos del mundo y superan a zonas en guerra como Irak, siendo el gremio del transporte público el más golpeado
4 comentario(s)
|
24717 lectura(s)
ÚN | AFP .- Los recuerdos son perturbadores para Jessica: una noche su marido quedó parapléjico en un ataque de pandilleros contra el autobús que conducía. Después vino la miseria, y sus hijos llorando de hambre mientras los médicos le anunciaban que estaba embarazada.
José Choy, de 25 años, esposo de Jessica, recuerda la noche trágica: el 28 de junio de 2008, cuando sujetos armados se subieron al autobús que conducía y sin mediar palabra le dispararon y le acertaron una bala en la espalda que le destruyó la médula espinal y lo confinó a una silla de ruedas.
"Solo recuerdo haber escuchado varios disparos, pero de repente me fui de lado y ya no supe más", relata Choy en la sala de su precaria vivienda, en una zona marginal de la periferia norte de la capital.
Una historia que, con variantes y matices, se repite por decenas en Guatemala, donde la violencia --que arroja 18 homicidios diarios-- se ha vuelto tema central de una campaña electoral.
El gremio de los conductores de autobuses es, proporcionalmente, uno de los más golpeados, ya que más de 200 choferes murieron en año y medio en venganzas de pandillas porque los propietarios se niegan a pagar "protección", según registros del Grupo de Apoyo Mutuo, una entidad de derechos humanos.
Con casi 50 asesinatos por cada 100.000 habitantes, los niveles de Guatemala son de los más altos del mundo y superan a zonas en guerra como Irak. Con estas cifras no sorprende que los candidatos a las presidenciales del domingo hayan hecho del combate al crimen el eje de campaña.
Y con el creciente accionar del narcotráfico, que agrava la situación, tampoco sorprende que lidere todas las encuestas un general de derecha, Otto Pérez, cuyo simple y elemental slogan de cara a la elección es "Mano dura".
José Choy parece poco interesado en la política y recuerda que "ya no quería vivir, solo pensaba en morir porque no sentía mis piernas", mientras suspira y hace un gesto de desconsuelo, al afirmar que ya se repuso de la depresión.
Olvidado por las autoridades y los empresarios del transporte, sigue atado a una silla de ruedas de por vida y a la vista hay una sonda que utiliza para orinar y que almacena en una bolsa plástica blanca.
Pero Choy sobrevivió, a diferencia de sus más de 200 camaradas, cuyas viudas se nuclearon en una ONG para reclamar justicia para las víctimas de un delito extendido, que mueve mucho dinero, y que parece incluso tener complicidades de peso.
"Los crímenes se mantienen en la impunidad, pues aunque denunciemos y aportemos evidencias los casos no avanzan. Hasta pareciera que hay presiones para que no avancen los procesos", dice a la AFP Lilian Pérez, presidenta de la Asociación de Viudas de Pilotos del Servicio Urbano de Pasajeros.
Según ella, las extorsiones a los 3.000 autobuses de la capital reportan a las pandillas más de 100.000 dólares semanales, en un país donde dos millones de personas viven con menos de un dólar por día.
Hoy, después de tres años, José Choy ya puede subir sólo a la silla de ruedas y a la cama, además de bañarse y cambiarse, dice con orgullo. Incluso ahora vende en un mercado artículos chinos, una forma de aportar un poco de dinero para la familia.
"Él (estaba) sin poder trabajar, entonces yo me iba a planchar y lavar ropa de vecinos, era algo tremendo, pero lo más tremendo era cuando no había nada que comer y mis hijos me decían 'mamá dame de comer, tengo hambre', no se lo deseo a nadie", recuerda Jessica que, sin poder contenerse, comienza a llorar.
"Mis hijos me decían 'quiero pan, quiero comer, mami tenemos hambre', entonces yo le preguntaba a Dios por qué nos había dado esto, pues yo renegaba lo que había pasado, entonces dije no tengo que desmayar, un hijo no es un impedimento, sino una bendición de Dios", agrega.
Pero el impacto más tremendo para Jessica, desbordada por el hambre de sus hijos, entonces de cinco y tres años, fue cuando un médico le anunció poco después del ataque contra su esposo, que estaba embarazada.
"Cuando el doctor me dijo que estaba embarazada fue un impacto tremendo porque dije qué voy hacer con mis hijos, ahora van a ser tres, cómo voy hacer para mantenerlos", relata.
Pero salió adelante con todo y a cuatro días de las elecciones, Jessica sabe muy bien que quiere de los políticos: "Yo le pido al presidente que quede que tome cartas en el asunto, porque no sólo afecta a las que nos quedamos (y a) las viudas, sino a los hijos también"
www.ultimasnoticias.com.ve