Carujo vengador

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«Doctor Vargas, el mundo es de los valientes” cuenta la historia que le dijo el coronel Pedro Carujo al presidente el 8 de julio de 1835, durante la llamada Revolución de las Reformas, el primer golpe de Estado en nuestra vida republicana. “No, el mundo es del hombre justo” le contestó el mandatario constitucional que saldría preso y desterrado. Así, uno quedó como símbolo de la fuerza y el otro, de la razón.

Nativo de Barcelona, Carujo, hijo de oficial realista y madre criolla, destacó en la lucha por la Independencia. Audaz, inteligente y arrojado, participó en la conjura para derrocar el gobierno legítimo. José María Vargas, nativo de La Guaira, era un hombre de estudios, investigador científico, rector de la universidad, constituyente, albacea del testamento de Bolívar y presidente de la República elegido en febrero de 1835. En la vida pública venezolana han sobrado los aventureros como aquel Carujo, pero han escaseado los sabios como Vargas.

Recientemente, el gobernador del estado Vargas asumió con empeño digno de mejor causa la tarea de quitarle el nombre del médico eminente y el Consejo Legislativo lo ha complacido velozmente, me parece que sin meditar acerca de las consecuencias de una decisión tan injusta como innecesaria, porque ni uno solo de los problemas de la querida región litoralense y sus hombres y mujeres se aliviará porque le quiten el nombre que lleva desde 1864 cuando fue creado el Distrito Federal, como homenaje al guaireño que fundó los estudios médicos en nuestro país.

La vieja y noble ciudad de La Guaira y Maiquetía eran cantones separados desde antes y luego parroquias del Departamento Vargas del DF como Macuto, Naiguatá, Caraballeda, Catia La Mar (la más poblada), Caruao y Carayaca. Pero eso ya lo hemos conversado.

Nueve estados de la República llevan nombres de personas. Uno, Yaracuy, un cacique indígena. De los otros nueve, ocho son héroes militares, siete de la Independencia y uno de la Federación. Sólo uno civil, Vargas. Así, la gracia del general-gobernador salió morisqueta, pues en nada favorece a una institución tan importante para Venezuela como su Fuerza Armada y, en estos tiempos, más bien ahonda e irrita la indeseable brecha entre ella y la sociedad civil.

Ciento ochenta y cuatro años después, el acto del gobierno y la legislatura parece una revancha de la fuerza contra la razón. La venganza de Carujo. Lo que pasa es que esas cosas nunca se quedan así.

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