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Capaz nos invaden

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Roberto Hernández Montoya.- O no. Estos tambores de guerra suenan a mero alarde, palabra árabe que designa tambores de esos. Pero los romanos decían si vis pacem para bellum, ‘si quieres la paz prepara la guerra’.

Cabrujas me decía que era anómalo que no nos hubiesen invadido si estaba cantado. No hizo falta porque Gómez cumplió la diligencia. En Cien años de soledad los gringos invaden a cada rato con los pretextos más cómicos. Las que no dan risa son las bombas que despedazan bebés, la cabecita aquí, los bracitos allá. Siento decirlo, pero es que la guerra no es como la cuenta Hollywood.

Los griegos, que dijeron casi todo, creían que entramos en guerra porque los dioses nos enloquecen. Y una locura poco dicha es cuando a un pueblo lo desesperan tanto que termina clamando por una invasión. Un pueblo es demasiada gente, en Venezuela es solo la parte más idiotizada de ese pueblo. Ya sabemos lo que comen los locos, de eso que saborean quienes inventaron las puputovs, la más sublime aportación intelectual de la ultraderecha. Y quien inventa, confecciona y lanza una puputov tiene idiotez de sobra para añorar una invasión. Una eminente exguerrillera, Puputova se llama, osó decir que antes que Chávez prefería a un gringo en Miraflores. La oí, no me lo contaron. Es su máxima gloria, así quiso entrar en la historia después de tanto brinquito, estando el piso tan llanito.

No me preocupa que alguien sea neoliberal, que piense que las mejores manos para Pdvsa son racialmente anglosajonas, etc., lo que me preocupa es que sea tan tan tan pero tan orate que llegue a suplicar que descuarticen a su bebé con una granada lanzada sobre una guardería desde un helicóptero secuestrado.

Cuesta pensarlo, el 23 de Enero o Alto Prado bombardeados. Desde aquí lejos vemos a Siria ya derrumbada, pero solo después de las explosiones, de los escombros cayendo y de los miembros volando, de los llantos y gritos, de salir del derrumbe sin una pierna, si es que se sale y no se queda languideciendo de hambre y desesperación después de una semana o dos de lenta agonía en lo oscuro, sintiendo solo el correr de las ratas chillando, recordando obsesivamente que Julio Borges, borracho, no firmó el acuerdo y comprobando demasiado tarde que la idiotez puede ser una enfermedad mortal.

Roberto Hernández Montoya

@Rhm1947

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