Cabeza opositora

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Quizás el rasgo más repugnante de la arrogancia no sea la estupidez, sino la sordera. Porque la estupidez es manejable, pudiendo llegar a ser simpática y hasta candorosa. Pero la sordera, aquella que no es producto de ningún impedimento físico sino de la soberbia, es odiosa y puede terminar siendo incluso catastrófica para el arrogante.

El arrogante, intolerante como es, no necesita escuchar a nadie para arribar a conclusiones de ninguna especie. Su mayor placer es irradiar con cada gesto la luminosidad y el brillo intelectual que le permitan aparentar sabiduría y suficiencia en el control de los asuntos más diversos del conocimiento y del mundo.

No le gusta aprender en cabeza ajena, como reza el dicho popular, porque le extasía el logro del descubrimiento propio cuando de una mente superior se trata. Si el que llega a una conclusión certera (cualquiera que ella sea) es un marginal, entonces quiere decir que la idea era insulsa y menospreciable. No era una idea importante.

Por eso es usual ver en los escenarios en los que proliferan la arrogancia y la petulancia como rasgos definitorios de la personalidad (por lo general en las clases nuevas ricas de la sociedad, que en México se conocen como “igualados”) el fenómeno de la celebración del descubrimiento del agua tibia.

Exclamaciones como: “¡Increíble!”, “¡Fabuloso!”, “¡Sorprendente!”, son las más usadas en esos escenarios para referirse a cosas que de repente son “descubiertas” por los arrogantes, aún cuando las mismas ya sean harto conocidas por el común de la gente. Todas esas fueron las exclamaciones de Colón al llegar a un mundo que desde hacía milenios nuestros pobladores originarios conocían, pero que sorprendía a los conquistadores como si fuera nuevo.

Así es la cabeza opositora. No les gusta escuchar a nadie cuando se les advierte hasta la saciedad que quienes se autoerigen en sus líderes son unos estafadores, mercachifles de la política sin ningún interés por el país sino por ellos mismos.

Solo los desechan y los convierten con el mayor odio en el detritus en que han convertido ya a Guaidó (como a todos los que le precedieron) cuando descubren por ellos mismos que todo lo que se les decía era cierto.

Solo que, por arrogantes, jamás aceptan que bastante se les había dicho.

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