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Bruno Renaud | Un modelo superado

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En el frontispicio de Leviatán, ardiente defensa de una república eclesiástica y civil a la vez, hace 250 años Thomas Hobbes presentaba la imagen soñada del soberano: en su mano derecha la espada, símbolo del poder civil; y en la izquierda el báculo, símbolo del poder religioso. La espada del rey y el báculo del obispo. O: la corona del príncipe y la mitra, el sable y el incienso. Estas expresiones subrayan que el doblete “política y religión” ha estructurado la historia del occidente, a lo largo de los siglos medievales.

Casi se puede afirmar: hasta el día de hoy, y sobre todo en los territorios que fueron de los reyes ibéricos. ¿No debía la Ilustración del siglo XVIII eliminar estas alianzas enemigas de la libertad? Al observar los movimientos sociales y leer las declaraciones políticas -felices o infelices- de los jefes de las iglesias en nuestros mismos países, no es así. La práctica religiosa se va marchitando, pero esta señal evidente de secularización no tiende a favorecer la discreción política de la religión en la democracia. Para bien o para mal.

El par indicado, política y religión, vuelve a manifestar actualidad en nuestro país. Sobre todo desde hace unos 20 años. El catolicismo quiere defender sus “derechos”, confundiéndolos más de una vez con las tendencias fundamentalistas: los sacerdotes no siempre logran distanciarse de las intolerancias religiosas.

Desde sus comienzos, el propio papa Francisco ha manifestado su no conformidad frente a los discursos sacerdotales de quienes reclaman “orden” o disciplina eclesiástica, y solo profieren lamentaciones frente al mundo social y político nuestro. Por ejemplo, cuántas veces no se habrán quejado nuestros obispos de la orientación socialista o “comunista” de los poderes civiles. No es tan solo un uso muy deficiente del vocabulario interpretativo sociopolítico. Son palabras hirientes. Además, estos “insultos” no dejan de ser portadores de peligros para el país entero. En cambio, los obispos siguen agitando parcialidades.

Mientras se escriben libros muy sugerentes sobre “las religiones, factores de solución en los conflictos políticos”, los discursos sacerdotales interpretativos tienden a fragilizar la paz.

Sacerdote católico