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Bruno Renaud | Santidad

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Aprovechemos este mes de noviembre, dedicado por los católicos a los santos, para hacer un pequeño desvío por un concepto poco explicado: el de la santidad… Con esta palabra, ¡casi no salimos de lo político! Si se trata de la apelación propiamente dicha, “Su Santidad” es uno de los títulos atribuidos inicialmente a muchos obispos. Pero cambió el portador: a partir del siglo XIV, el título le fue atribuido en exclusiva al Papa… ¡A veces con poca santidad subjetiva! No fueron pocos los papas bribones o canallas, sobre todo en el Renacimiento, que fueron revestidos de una supuesta “santidad” más formal que real…

Pero es cierto: el santo no es una especie de héroe, modelo de virtud, una suerte de personaje sin culpa ni mancha. Es ante todo un pecador perdonado por Dios. Uno puede ciertamente buscar sus modelos en los grandes nombres: la madre Teresa de Calcuta, monseñor Oscar Arnulfo Romero, Martín de Porres el humilde religioso de Perú, el doctor José Gregorio Hernández… ¿Y por qué no buscar nuestro modelo en otra línea? Aquel “tronco’e malandro” que equivocó toda la vida, menos los últimos minutos, al lado de Jesús de Nazaret en la cruz de suplicio… “Señor, ¡acuérdate de mí cuando entres en tu Reino!”; “te lo digo: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. Formidable modelo de santo canonizado por Jesús mismo…. Me siento hermano de aquel malhechor anónimo, quien precedió violentamente a la cohorte de “santos”, pacientes y ordenaditos, que se habían portado bien a lo largo de todos los años… Los auténticos santos no son perfectos, y el cristianismo no es ante todo una religión de la perfección.

A partir del siglo IV, los cristianos entendieron que al lado del martirio rojo –por la sangre vertida en testimonio de fe– había otras maneras de sufrir el martirio blanco: en la fidelidad difícil al servicio, al amor, a la utopía del Reino…

En todo caso, la auténtica santidad libera en vez de esclavizar. Emana alegría en vez de tristeza. Permite vivir con todas las velas abiertas, más que estrangulado por los mandatos. Con mis cincuenta años de vida venezolana, le doy gracias a Dios por haber descubierto tantos modelos de santidad en los pobres y, en general, en la vida del pueblo venezolano.

 

Sacerdote de Petare