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Bruno Renaud | ¿Fuerza o fragilidad?

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En la sociedad de hoy, la idea de fragilidad siempre trae consigo una representación negativa. Frente a la aparente debilidad solo hay desprecio, porque lo que se valoriza es la fuerza. Inclusive frente a la muerte –derrota por excelencia– le dicen a uno: “¡Ánimo! ¡Hay que ser fuerte!”. En caso de conflicto –familiar, social, internacional– la idea no es la de dialogar, pues “tengo razón” y no voy a dar mi brazo a torcer. Es la guerra.

¿Y si hubiera otra manera de pensar y actuar? ¿Y si una onza de fragilidad fuera una mejor “arma”?

Un director de hospital psiquiátrico –bella imagen de lo que es la humanidad– contaba la siguiente anécdota. Un paciente vigoroso y violento no “colaboraba” fácilmente si no era sometido por varios enfermeros musculosos. Un día, fallando esta presencia, se propuso una enfermera pequeña, menudita, para tratar el caso. El paciente, que reaccionaba siempre con violencia, en esa circunstancia no supo cómo responder a un desafío nuevo, el de una imagen física de evidente fragilidad. La fuerza llama a la fuerza. La fragilidad obliga a cambiar de registro.

Y es que la fragilidad tiene su propia lógica. Es la del diálogo. Es la base, no de la rivalidad, sino de una verdadera interdependencia. La autosuficiencia suele ser mala consejera para la búsqueda de la paz. Entre dos personas o dos corrientes de pensamiento que se estiman fuertes, superiores, independientes, capaces de aplastarse mutuamente no hay relación posible. Es la mutua exclusión, es la guerra. Mientras que pasar de la independencia a la interdependencia, es un proceso de creación y renovación.

La fragilidad nos recuerda nuestra situación “inicial” de “falta”. La falta fundamental –la mujer o el hombre solo; la exclusión; el Cielo invocado y callado…– nos pone a caminar de manera permanente. La fragilidad nos hace sentir nuestra radical insuficiencia, y nos lanza a la aventura continua. Más larga que la de mi sola vida. La experiencia de falta nos obliga a perseguir, sin fin, la utopía; y, más aún, a buscarla juntos, porque mi vida personal concluye con la muerte, mientras que la vida de los demás seres vivientes prolonga el sentido de mi pobre vida aislada… No gano nada con la muerte del otro. ¡Al contrario!

Sacerdote de Petare