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Bruno Renaud | Calentar la calle

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En nuestro país ha tomado cuerpo, en los últimos años, la expresión “calentar la calle”. Pero la forma con la cual se ha “calentado” la calle provoca legítimos temores. Temores de signo adverso, según el lado en el que se encuentra uno: del lado de los “calentadores” o de los “calentados”; o del lado de las víctimas potenciales (¿cuántos heridos y muertos? ¿Cuántas víctimas de daños materiales?…). La manera clásica de interrogar a la opinión pública es, evidentemente, el mecanismo electoral. ¿Puede la “calle” ser considerada un elemento político éticamente defendible dentro de los ingredientes “democráticos” recientes?

Nuestra experiencia nacional da de pensar que la calle es el punto de encuentro ambiguo de voluntades diversas: unos manifestantes se quieren sinceramente pacíficos, otros persiguen objetivos menos serenos: lejos de rechazar el furor destructivo, lo buscan y lo provocan. ¿Puede la violencia destructiva ser considerada éticamente como parte aceptable del edificio democrático? En la convergencia de estos problemas éticos, está la obra no tan inocente de un pensador inquietante como Gene Sharp y su Institución Albert Einstein. Nombremos a ese señor; pero dejemos el análisis moral de su pensamiento para mayores espacios.

La opinión pública, fundamentalmente vinculada a la democracia, es especialmente importante en política. Nos dicen que no hay opinión pública sin libertad de expresión. Es parcialmente cierto. Pero en la hora actual, el mismo concepto de libertad de expresión y manifestación tampoco es inocente. Los disfraces son frecuentes. En un mundo tan estrechamente sometido por los poderosos existen muchas trampas en relación a la supuesta libertad: discretas, secretas, infiltradas en nuestros cerebros como lazos de esclavitud. Los opresores que más vulneran la libertad de pensamiento defienden con suavidad la violencia discreta de sus esfuerzos. Ya se sabe: los mismísimos “derechos humanos” son un frente de combate; así también la información, la opinión pública y el concepto de verdad.

Necesitamos honradez personal, ayuda mutua y voluntad personal de formación para desenredar la maraña de las palabras, para que no triunfe la mentira simulando la verdad.

Sacerdote de Petare