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Bruno Renaud | Y ahora, ¿qué va a pasar?

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Lo que escribo ahora no depende de la coyuntura inmediata. Lo habría escrito por igual hace dos semanas, hace tres meses, o más. Quiero hablar de la actual atmósfera económica y social nuestra. Se ha vuelto hondamente angustiante. La guerra económica –la que tú y yo libramos día tras día– no nos permite casi nunca la alegría del vencedor; nos proporciona más bien sorda y pesada inquietud, con la sensación de quien pelea sin cesar y sin ganar. O de quien concluye la batalla diaria con hambre y desespero. Dios mío, ¿cuánto tiempo nos va a durar todavía esa lucha desesperada?

El transporte se ha vuelto otra faceta de la guerra diaria. El tiempo perdido cada día en la calle es extenuante. Perdimos fuerzas. Nuestros jóvenes se están yendo del país, y también los menos jóvenes. Las deudas nuestras –como individuos, y como país– se han vuelto pesadas. Nos sentimos amenazados, física y económicamente, por cantidad de enemigos, los de dentro y los de fuera. Para todos los que salimos a diario a la calle, la vida se ha vuelto dura, complicada, azarosa. Cada día se abre con la pregunta: ¿y ahora qué va a pasar? Las tinieblas nos rodean.

Las tinieblas nos envuelven, pero ¿quién dice que nos habían apagado? La vida pareciera ser territorio enemigo. Pero, ¿quién dice que no había espacio para la esperanza? Ella es la fuerza de los humildes. Es Navidad. El nacimiento de un niño lo cambia todo. El Niñito de Navidad es un nené pobre, nacido en exilio, de una pareja de inmigrantes, y trae la paz. En adelante, a partir de ese belén inesperado, sin que sepamos muy bien cómo ocurre, todo va caminando animado por la pujanza discreta del amor. La noche se hace luz.

Ojalá lográramos abrirle el corazón en humilde aceptación y confianza. Si pudiéramos compartir algo de nuestras pobrezas y de nuestra esperanza con los demás para contribuir a disipar en algo los sufrimientos ajenos. En ese minúsculo “algo”, ¡el mundo empezaría a cambiar! Como los humildes pastores de antaño. Ellos ocupaban uno de los últimos grados en la escala social de la época… y fueron los primeros invitados en visitar al Niño Dios. Vinieron a él –a Dios mismo– abriendo sus pobres tesoros… ¡y salieron colmados para siempre!

Sacerdote de Petare