Bachelet desclasificada

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Dentro de unos años, cuando su informe sea desclasificado por el Departamento de Estado, o mejor, el del Tesoro, usted quedará descalificada, aunque ya no ande por allí. Las víctimas de tanta infamia en tan pocas páginas serán reivindicadas, muchas in memoriam. Pero no todo será negativo. Gracias a los documentos del libro Chile desclasificado (pág. 124), su difunto padre espera por justicia, la misma que usted pudo haberle dado de habérselo propuesto, lo cual pasaba por derogar la constitución de Pinochet, su torturador.

Los venezolanos somos más inquietos y, desde la independencia, caminamos deprisa. No vamos a esperar que el Departamento de Estado y el Pentágono desclasifiquen su informe. Sobre todo porque conocemos la verdad. La carta que le envió el presidente Nicolás Maduro la pone al tanto de lo que usted, seguramente, sabe. Pero es necesario que también lo sepa el mundo, lo que usted no quiere.

Su informe, como frente a un espejo, lo podemos leer contrastando página con página con el de su país desclasificado (Ernesto Carmona Editor, 1999). Tomemos un solo caso: el de los medios. Habla usted de censura y persecución de periodistas, sin identificar filiación de las fuentes y financiamiento. En el libro citado, los documentos revelan cómo desde los medios chilenos se preparó el golpe contra el presidente Allende y se lavó la cara a los torturadores (incluidos los de su padre). Muchos años después, en 2015, el propietario de El Mercurio, Agustín Edwards Eastman, fue expulsado por el Colegio de Periodista de su país. ¿Sabe por qué?

El Tribunal de Ética del Colegio de Periodistas, en su fallo unánime, lo acusa de participar en el proceso de desestabilización que provocó el golpe de Estado de 1973 y del rol de su diario durante la dictadura, cuando a las víctimas las convertían en “victimarios” (¿le recuerda esto a los caídos durante las guarimbas?).

Su informe, señora Bachelet, pareciera escrito por los dueños de El Mercurio, de aquellos terribles y oprobiosos días de la “patria en tinieblas”, sobre la que arrojó luz en su Canto General un paisano suyo llamado Pablo Neruda, quien pocos meses después del golpe fascista, “murió de Chile”. Hoy se sabe que no fue el cáncer lo que lo mató. Las cosas, señora Bachelet, siempre se saben.

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