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Ana Enriqueta Terán en sus 100 años

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Laura Antillano.- Este 4 de mayo la poetisa Ana Enriqueta Terán hubiera cumplido los 100 años. Para nosotros los cumplió con su empeño. Ella insistía en que le quedaban escasos meses para llegar a la fecha aspirada, y tuvo la fuerza y la entereza para seleccionar hasta el traje que deseaba lucir en el ataúd. Y es que nadie ha sido más fuerte y con más poder de decisión que esta escritora trujillana y de todos los venezolanos y habitantes de este planeta, amantes de la poesía.

La vi por primera vez en franca y cercana conversación en 1977, cuando al recibir el Premio de Cuento de El Nacional, Antonia Palacios y Oswaldo Trejo, se empeñaron esa noche en que yo debía conocerla y me llevaron a su casa de entonces, en San Antonio de Los Altos. Ella vivió en muchos lugares de Venezuela y debemos anotar que en todos se hizo inolvidable porque ocupaba lugar en la comunidad con un estilo muy suyo, preponderante y especial.

Esa noche del 77 la recuerdo porque estaba oscura y misteriosa y cuando tocamos el portón de su casa salieron varios perros ladrando a dar aviso y ella misma los aplacó con conocimiento y palabras. Era una mujer bella, siempre lo fue, con una figura alta e imponente y enorme ojos resplandecientes. Fue un encuentro cálido, muy conversado , en el que ella y Antonia llevaban las voces primeras, refiriendo sus poemas y textos en general, contando anécdotas de sus vidas y haciendo relucir un sentido del humor que les era muy propio a ambas. Yo escuchaba y las admiraba.

Ana Enriqueta en Margarita, en Trujillo, creó talleres de costura con muchas participantes, se lucia en esos menesteres no menos que en el del poema. En los lugares donde vivió se le hacía honores y nunca pasaba inadvertida. Su voz y su presencia eran inigualables.

La escuché leer en Mérida, en Trujillo, en Caracas y en Valencia, leía ceremonialmente, con majestuosidad.

Siempre fue una mujer de carácter, absolutamente consciente de su conocimiento de la lengua desde una perspectiva clásica. Lo pone de manifiesto en su poesía, con énfasis en los modos verbales que utiliza al construir la voz en el poema. Establece un juego de distancia generado por un estudio de tonos y significados expresivos de la forma.

Creía en la belleza, en su majestad, en la altura de la expresión y sus principios rectores. Amaba la buena poesía y nadie como ella tuvo un conocimiento tan profundo de las voces clásicas.

Me cuenta la gente de Coro que hubo una época en que intentó mudarse a esa ciudad, pero aspiraba a vivir en la casa donde nació el poeta Elías David Curiel, y eso no fue posible, por lo cual desistió de esa idea. Lo que nos hace pensar que tomaba algunas decisiones movida por elementos contenedores de una cierta magia premonitoria que creaba.

Recordamos de su casa valenciana a las guacamayas, enormes y hermosas, en el patio entre las matas. Y una habitación en la cual guardaba los enseres con los cuales creaba muchas de las joyas que usaba, porque su elegancia era alimentada de su poder de creación.

De su funeral recordamos especialmente el testimonio de los integrantes del taller Casa de hablas, y la presencia de un padre que contó una linda anécdota de su hijo, un niño, que siendo vecinos de la poetisa, no la conocían, pero el niño contó a su padre que en aquella casa vivía una escritora famosa que todos querían y él deseaba conocerla también.

Celebremos pues sus cien años con la alegría inmensa conque ella lo hubiera hecho.

Laura Antillano

@laurAntillano

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