Acto de fe en Venezuela

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Muchos jóvenes se han ido de Venezuela. No consiguen trabajo en el país: demasiadas empresas han bajado la santamaría. Otros se sienten explotados al desempeñarse con salarios ínfimos, que el alza permanente del costo de la vida atrapa y engulle. Otros han abandonado sus estudios de noche: inmisericordemente, la delincuencia domina e impone sus exigencias y sus horarios.

El deterioro de la vida es evidente. En los campos de Mariches, o inclusive en los del Táchira o de Mérida, no son pocos los legítimos propietarios que han tenido que abandonar la parcela cultivada con amor. Motivo: otros les roban descaradamente, a plena luz del día, el fruto de sus labores. Dicen lo mismo en muchos pueblos de Barlovento. Mientras que en el asalto a las camionetas de transporte público, muchos han perdido por segunda, tercera, cuarta vez, el teléfono celular y/o la computadora portable. Muchos se han visto robar violentamente la moto o el carro comprado con tanto sacrificio.

En esa coyuntura tan difícil, con el pretexto de las fiestas nacionales de junio y julio, quiero renovar con inmenso cariño la fe en Venezuela. Las circunstancias de la vida me dieron la posibilidad de conocer a colombianos o cubanos, a chilenos y argentinos, a nicaragüenses o brasileños. Y me permite reconocer: no hay como el pueblo venezolano. Abierto, generoso, hospitalario; desprendido y espléndido.

En diciembre pasado, un grupo de “exjóvenes” – hoy, cincuentones – decidió tomar en el barrio una nueva iniciativa. A partir de las cajas “Clap”, pero sin dependencia de ellas, empezó un nuevo “hoy por ti, mañana por mí”. Así, junto con el Niño Jesús nació el “Grupo Compartir la Esperanza”. Maravillado, me puse a hablar en varios lugares de este doble y simultáneo nacimiento. Me quede casi chiquitico, al constatar cuántas cosas parecidas se han iniciado en los últimos meses. Inclusive en la clase media. Bajo ciertos aspectos, algo bueno surge actualmente junto con los múltiples intercambios o trueques sin dinero, donde todos ganan y se alegran.

En ciertos casos, regresamos desde Colombia – ampliamente superada por la generosidad venezolana – o Perú, desde Brasil o Chile… donde aparece un individualismo que no conocíamos ni compartimos…

“Viva Venezuela, mi tierra querida”… ¡con música y todo!

Sacerdote de Petare

brunorenaud00@gmail.com

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