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Comando nacional socialista

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Ramón Guillermo Aveledo.-El devenir de la democracia parece que llegó a su finitud. Su tránsito y perfeccionamiento en los debates de calidad pudieron haber sido su fin. Ella luce haberse agotado en la aceptación de su imperfectibilidad. El elemento acelerador de la vida de la humanidad, la tecnología, ha dado al traste con ésta filosofía acordada para el ordenamiento y modo de vida de las sociedades. Lo paradójico, estamos todos en una especie de velo tecnológico global donde los avances son incuestionables bajo el pretexto de vivir mejor en algunos casos y de mayor control en otros.

La soberanía se trastoca al ser inconclusa sino posee la mayor cantidad de flujos de información del país. Su movilidad, sus compras, los estados de ánimo de sus ciudadanos expresado en los inevitables cristales del espíritu que resultan ser las redes sociales, el destino de sus transacciones, sus temas de conversación, el modo de consumo, entre otros, son aspectos inherentes a ésta nueva soberanía de la “datacracia”. Pero la soberanía no basta con ésta disposición, la soberanía como la ya superada por aquella triada de población, territorio, y ordenamiento jurídico, ahora es sustituida por: disposición de información de los ciudadanos, su interpretación y por último, su aprovechamiento para distintos fines de la sociedad en general.

Si la soberanía se transforma, la ciudadanía inevitablemente también. Somos tests permanentes de algoritmos. Somos variables cruzadas con nuestra propia vida. Nuestras letras son códigos para números. Nuestras acciones son condicionamientos de nuestro destino. Los buenos ciudadanos de la “datacracia” son los más expresivos. Son aquellos que más información arrojan para su comprensión, los predecibles por sus preferencias marcadas y constantes.

La datacracia juzga a la soledad, al silencio, a la reflexión. Construye una sociedad de opinión rápida, de tendencias, que se dice ser enriquecedora y constructiva de saberes pero que realmente es permanentemente experimental para la interpretación y toma de decisiones.

El alcance de esto es aún inapreciable y está en construcción. La globalización tecnológica la reviste de cierto grado de legitimidad, el velo de la sociedad digital la hace imperceptiblemente dañina, y el descrédito de la política deja cabida para que cualquier cambio profundo sea inicialmente acogido en términos positivos.

Ramón Guillermo Aveledo

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